Un repaso por las personas más notables que este rincón atlántico produjo — la mayoría de las cuales tuvieron que marcharse para que el resto del mundo se enterara de que existían.
Galicia tiene una relación con sus figuras ilustres que podría definirse como orgullo retrospectivo: un territorio que históricamente exportó personas con la misma eficiencia con que exportaba mejillones, granito y emigrantes, y que ha desarrollado con el tiempo una habilidad notable para reclamar la paternidad de cualquier persona remotamente interesante que haya nacido dentro de sus límites administrativos. El resultado es un panteón de gallegos ilustres de una diversidad que abarca desde el Apóstol Santiago — cuya galeguidade es, cuando menos, teológicamente discutible — hasta Amancio Ortega, pasando por generales, poetas, dictadores y un papa que la historiografía galleguista menciona con frecuencia y la Iglesia con más cautela.
Lo que une a todos estos personajes, más allá de sus méritos individuales, es una trayectoria narrativa común: nacidos en Galicia, desarrollados fuera, reconocidos universalmente, y finalmente repatriados al panteón regional con el cariño retrospectivo que no siempre se les tributó en vida. Galicia, como muchas madres, quiere mejor a sus hijos cuando están lejos.
Rosalía de Castro: La Poeta que Inventó la Morriña
Rosalía de Castro (Santiago de Compostela, 1837 — Padrón, 1885) es la figura literaria más importante de la historia gallega y una de las voces poéticas más genuinas del siglo XIX europeo, distinción que tardó varias décadas en ser reconocida fuera de Galicia y que dentro de Galicia nunca ha necesitado demostración porque Rosalía es, sencillamente, Rosalía — nombre que en gallego funciona como sustantivo común de la misma manera que en castellano funciona "genio".
Hija ilegítima de un sacerdote y una mujer de familia acomodada en una sociedad que penalizaba ambas condiciones con una severidad que el siglo XIX sabía aplicar con elegancia, Rosalía creció entre la vergüenza social y la conciencia aguda de ser una anomalía en un mundo que prefería las cosas en su sitio. Publicó Cantares Gallegos en 1863 — el primer gran libro de poesía en lengua gallega de la era moderna, cuya fecha de publicación, el 17 de mayo, es hoy el Día das Letras Galegas — y Follas Novas en 1880, obras que convirtieron la lengua gallega en vehículo literario de primera categoría en un momento en que la moda intelectual española la consideraba dialecto de aldeanos.
Su poesía nombró con una precisión que no ha envejecido lo que los gallegos sienten y no siempre saben decir: la morriña — esa melancolía específica del emigrante y del exiliado interior que no es exactamente tristeza sino la conciencia permanente de la distancia — la dureza de la vida rural, la condición de la mujer en una sociedad que la invisibilizaba sistemáticamente, y una relación con el paisaje atlántico que en sus mejores poemas alcanza una intensidad física que la crítica moderna llamaría ecocrítica y que entonces simplemente era verdad.
Murió a los 48 años de un cáncer que los médicos de la época no supieron tratar y que ella afrontó con la dignidad de quien ha pasado su vida escribiendo sobre el dolor sin romantizarlo. Pidió que quemaran sus últimos papeles. Su marido, el historiador Manuel Murguía, no cumplió del todo el encargo — para bien de la literatura gallega y para la inevitable frustración póstuma de Rosalía.
Álvaro Cunqueiro: El Mago de las Palabras
Álvaro Cunqueiro (Mondoñedo, 1911 — Vigo, 1981) es el escritor gallego más inclasificable y probablemente el más divertido — mérito considerable en una literatura que tiene tendencia a la melancolía estructural. Periodista, dramaturgo, novelista y gastrónomo de vocación enciclopédica, Cunqueiro construyó una obra literaria en la que la mitología céltica, el ciclo artúrico, la tradición oral gallega y una imaginación desbordante se mezclaban con la naturalidad de quien no distingue entre lo que existe y lo que debería existir.
Sus novelas — Merlín e familia, As crónicas do Sochantre, Si o vello Sinbad volvese ás illas — habitan un territorio narrativo propio donde los muertos conversan con los vivos, los magos tienen problemas domésticos y el Otro Mundo gallego es un vecindario con sus propias normas de convivencia. La crítica literaria tardó décadas en tomárselo en serio, error comprensible en quien confunde la ligereza del tono con la superficialidad del pensamiento.
Su contribución a la gastronomía gallega — escribió sobre comida con la misma exigencia con que escribía sobre literatura, convencido de que ambas actividades son formas de la misma civilización — le granjeó una fama adicional que coexistió con su obra literaria sin subordinarse a ella.
Ramón María del Valle-Inclán: El Genio Insoportable
Ramón María del Valle-Inclán (Vilanova de Arousa, 1866 — Santiago de Compostela, 1936) fue probablemente el escritor más importante en lengua castellana de la primera mitad del siglo XX y, simultáneamente, uno de los seres humanos más difíciles de tratar que produjo la literatura española, mérito en el que la competencia era considerable.
De aspecto físico inconfundible — larguísima barba, capa negra, monóculo, y a partir de 1899 un solo brazo tras un altercado que le costó el otro en circunstancias disputadas — Valle-Inclán era un espectáculo ambulante que la Madrid literaria de principios de siglo contemplaba con una mezcla de fascinación e irritación perfectamente justificada. Sus opiniones eran contundentes, sus deudas considerables y su talento absolutamente indiscutible.
Inventó el esperpento — una estética teatral y narrativa que deformaba la realidad española con espejos cóncavos para mostrar su verdad más profunda — en obras como Luces de Bohemia y la trilogía de los Esperpentos, que siguen siendo la crítica más lúcida y más cruel de la España de su tiempo, cualidad que les ha dado una longevidad que Valle-Inclán probablemente habría encontrado inevitable. Sus Sonatas — cuatro novelas de las memorias ficticias del Marqués de Bradomín, definido por el propio autor como "feo, católico y sentimental" — son una cumbre del modernismo hispánico que se lee hoy con el placer culpable de quien sabe que está disfrutando de algo moralmente cuestionable y no puede parar.
Murió en Santiago de Compostela, ciudad en la que había nacido casi setenta años antes su admirada Rosalía de Castro, cerrando un círculo geográfico que la literatura gallega contempla con la satisfacción de las simetrías bien resueltas.
Francisco Franco: El Gallego que Arruinó el Siglo XX Español
Resulta imposible escribir sobre gallegos ilustres sin mencionar a Francisco Franco Bahamonde (El Ferrol, 1892 — Madrid, 1975), no porque su inclusión sea cómoda — no lo es — sino porque su omisión sería una deshonestidad histórica de proporciones considerables. Franco fue el dictador que gobernó España durante cuarenta años, suprimió las libertades democráticas, fusiló a decenas de miles de personas, persiguió el gallego y las demás lenguas regionales — incluyendo, con notable ironía, la suya propia — y construyó un régimen que sus apologistas llaman autoritario y sus víctimas llaman por su nombre.
Que el hombre que prohibió el gallego en la vida pública fuera él mismo gallego de nacimiento es una de esas paradojas históricas que los psicólogos llamarían proyección y que los historiadores llaman, más sobriamente, oportunismo. Franco no se identificaba con Galicia ni con ninguna identidad regional: se identificaba con España, concepto que manejaba con la flexibilidad de quien lo usa principalmente como herramienta de poder.
Su legado en Galicia es, como en el resto de España, un terreno de debate que cuatro décadas de democracia no han conseguido cerrar del todo. El Valle de los Caídos, la exhumación, las calles con su nombre que los ayuntamientos renombran con retraso variable — Franco sigue generando titulares con una productividad que desafía la muerte y que él, probablemente, habría encontrado adecuada.
Alfonso IX y la Universidad de Salamanca: El Rey Constructor
Alfonso IX de León (1171-1230), rey de Galicia y León, merece mención en cualquier panteón gallego por ser el monarca que fundó o consolidó las primeras instituciones universitarias de la Península Ibérica, incluyendo los Estudios Generales de Salamanca que bajo su hijo Alfonso X se convertirían en la Universidad de Salamanca — la más antigua de España y una de las más antiguas de Europa. Que la institución universitaria más prestigiosa de España tenga raíces en la iniciativa de un rey gallego es un dato que los gallegos mencionan cuando pueden y que Salamanca recuerda con la gratitud discreta de quien prefiere no deber demasiado a nadie.
Ramón Cajal: El Gallego que Descubrió Cómo Pensamos
Santiago Ramón y Cajal no era estrictamente gallego — nació en Petilla de Aragón, Navarra, en 1852 — pero su conexión con Galicia a través de sus años de formación y trabajo merece al menos una mención en el contexto del pensamiento científico ibérico. Sin embargo, para no estirar la galeguidade más allá de sus límites honestos, basta señalar que Galicia tiene sus propios científicos notables.
Domingo Fontán (Portas, Pontevedra, 1788 — 1866) fue el cartógrafo que elaboró la Carta Geométrica de Galicia — el primer mapa científico moderno de Galicia, resultado de décadas de mediciones de campo con una precisión que los instrumentos de la época no facilitaban — obra que los historiadores de la cartografía consideran un hito metodológico de primer orden y que en Galicia se recuerda con el orgullo proporcional a su importancia.
Enrique Peinador Lines y su familia, impulsores del balneario de Mondariz, no solo construyeron uno de los complejos termales más importantes de la España de finales del XIX sino que financiaron y promovieron activamente el Rexurdimento cultural gallego, combinación de emprendimiento y mecenazgo que la Galicia contemporánea recuerda como modelo sin reproducirlo con suficiente frecuencia.
Alfonso Daniel Rodríguez Castelao: El Hombre Total
Castelao (Alfonso Daniel Rodríguez Castelao, Rianxo, 1886 — Buenos Aires, 1950) es quizás la figura más completa y más querida del galleguismo del siglo XX — escritor, dibujante, político, médico y símbolo de la resistencia cultural gallega en el exilio, todo simultáneamente y todo con una calidad que en cualquiera de los campos habría justificado una vida dedicada en exclusiva.
Sus álbumes de dibujos — Nós, Cousas da vida, Atila en Galicia — combinaban una técnica gráfica de trazo limpio y expresivo con una crítica social y política de una mordacidad que el franquismo encontró suficientemente peligrosa como para prohibirla. Su novela Os dous de sempre y su obra teatral Os vellos non deben de namorarse son piezas fundamentales de la literatura gallega del siglo XX.
Murió en Buenos Aires en 1950, exiliado, sin haber podido regresar a la Galicia por cuya autonomía había trabajado toda su vida. Sus restos fueron repatriados en 1984 y descansan en el Panteón de Galegos Ilustres de Santiago de Compostela, institución cuyo nombre resume perfectamente la relación de Galicia con sus figuras notables: primero los exilia o los ignora, luego los convierte en santos laicos.
Amancio Ortega: El Hombre más Rico que Nadie Conoce en Persona
Amancio Ortega Gaona (Busdongo de Arbás, León, 1936 — vive en A Coruña) es, según el ranking de Forbes en función del año consultado, una de las tres o cuatro personas más ricas del planeta — distinción que comparte con una comodidad que desafía la máxima de que el dinero no da la felicidad, aunque también es cierto que nadie ha podido preguntarle directamente porque Ortega ha concedido exactamente cero entrevistas a lo largo de su vida pública, política de comunicación que cualquier consultor de imagen calificaría de arriesgada y que en su caso ha resultado ser un genio estratégico adicional.
Hijo de un ferroviario, comenzó a trabajar a los catorce años como recadero en una camisería de A Coruña — dato que las hagiografías empresariales mencionan con la delectación de quien necesita el contraste — y fundó Zara en 1975 con un modelo de negocio que entonces nadie tomó completamente en serio y que hoy es estudiado en todas las escuelas de negocios del mundo como caso de disrupción industrial. Inditex, el grupo que controla, emplea a más de 165.000 personas y tiene presencia en casi 100 países.
Ortega vive en A Coruña, pasea por la ciudad con la discreción de un jubilado cualquiera, desayuna en el mismo sitio desde hace décadas y rechaza cualquier forma de protagonismo público con una consistencia que, en el siglo XXI, constituye en sí misma una rareza suficiente para ser noticiable. Es, probablemente, el gallego vivo más famoso del mundo — aunque "famoso" en su caso signifique que todo el mundo sabe quién es pero nadie sabe qué aspecto tiene.
Pedro Barrié de la Maza: El Empresario que Construyó Galicia Moderna
Pedro Barrié de la Maza (A Coruña, 1888 — 1971) fue el empresario gallego más influyente del siglo XX — banquero, industrial, constructor de infraestructuras hidroeléctricas que todavía funcionan — cuya Fundación Barrié sigue siendo la institución filantrópica más importante de Galicia, financiando becas, restauraciones patrimoniales y actividades culturales con una continuidad que las administraciones públicas no siempre garantizan.
Su relación con el franquismo — inevitable para cualquier empresario que operara en la España de la posguerra con la escala que Barrié operaba — es la parte de su legado que la memoria colectiva gestiona con la incomodidad habitual ante las biografías que no son completamente blancas ni completamente negras, que es la condición de prácticamente todas las biografías interesantes.
Manuel Colmeiro y los Pintores del Atlántico
La pintura gallega del siglo XX tiene en Manuel Colmeiro (Chapa, Pontevedra, 1901 — 1999) a uno de sus representantes más internacionales — formado en Santiago, Madrid y París, influido por el muralismo mexicano y por Cézanne, con una obra que convierte los campesinos y los paisajes gallegos en materia de modernidad pictórica sin folklorismos ni condescendencias. Vivió el exilio en Argentina y Francia durante el franquismo con la regularidad de la diáspora intelectual gallega del siglo XX y regresó a Galicia en sus últimos años con el reconocimiento tardío que Galicia reserva a sus artistas.
Francisco Asorey (Cambados, 1889 — Santiago, 1961) es el escultor gallego más importante del siglo XX, autor del monumental San Francisco de la plaza de A Quintana en Santiago y de una obra que combina influencias modernistas con una sensibilidad específicamente gallega que los críticos de la época no siempre supieron clasificar y que el tiempo ha terminado por valorar adecuadamente.
Luz Casal: La Voz que Sobrevivió a Todo
Luz Casal (Boimorto, A Coruña, 1958) es la cantante gallega de mayor proyección internacional — una voz de una potencia y una expresividad que la convirtieron en figura del pop español de los ochenta y que su aparición en la banda sonora de ¡Átame! de Pedro Almodóvar en 1990, con la versión de Piensa en Mí, llevó a una dimensión diferente.
Diagnosticada con un tumor cerebral en 2008, pasó por intervención quirúrgica y recuperación con la discreción de quien prefiere que su música hable antes que sus problemas de salud — actitud que el mundo del espectáculo contemporáneo, con su tendencia a convertir cada adversidad en contenido, encontraría incomprensible y que sus fans encontraron, sencillamente, coherente con quien siempre fue.
Pero da Covilhã y los Navegantes Olvidados
La marina gallega — los pilotos, contramaestres y marineros que tripularon las flotas de la Carrera de Indias — constituye un colectivo anónimo de gallegos cuya contribución a la exploración oceánica de los siglos XV y XVI es inversamente proporcional a su presencia en los libros de historia. Los puertos gallegos proveyeron de personal especializado a las flotas castellanas con una regularidad que los registros de Casa de Contratación documentan y que la historiografía nacionalista española ha gestionado con la habitual indiferencia hacia las particularidades regionales.
Pedro Sarmiento de Gamboa (Alcalá de Henares, 1532 — posiblemente Galicia, 1592), historiador, cosmógrafo y navegante que sirvió al virrey del Perú y realizó expediciones al Pacífico Sur intentando — sin éxito definitivo — colonizar el Estrecho de Magallanes, es uno de esos personajes de la expansión española cuya vida novelesca no ha encontrado todavía el novelista que merece.
el Mundo del Fútbol Gallego
Galicia ha producido futbolistas de nivel internacional con una regularidad que su tamaño demográfico no explica completamente. Roberto Fernández, Míchel Salgado, Mazinho — que aunque brasileño desarrolló su carrera y arraigó en Galicia — y en generaciones más recientes Iago Aspas (Moaña, 1987), el delantero que convirtió el Celta de Vigo en algo más que un club de provincia y que representa con una fidelidad poco habitual el vínculo entre el futbolista de élite y su territorio de origen.
Aspas rechazó ofertas de clubes más grandes con una consistencia que el mercado futbolístico moderno encuentra incomprensible y que en O Morrazo — su comarca natal — se interpreta como la confirmación de que hay valores que el dinero no puede comprar, o al menos no en las cantidades que Aspas habría podido pedir.
Deportes de Mar y Montaña
La vela gallega tiene en Javier de la Gándara y en los equipos que han representado a España en competiciones oceánicas una tradición de excelencia que el Atlántico gallego, como campo de entrenamiento natural, justifica plenamente. La regata Atlántica y las competiciones de traineras en las rías constituyen un ecosistema deportivo náutico de una vitalidad que ninguna otra región española puede igualar.
La archidiócesis de Santiago de Compostela — sede metropolitana desde el siglo IX, una de las más influyentes de la Iglesia occidental durante la Edad Media — ha producido una serie de arzobispos cuya influencia política y cultural en Galicia y en España fue durante siglos equivalente o superior a la de cualquier poder civil. Diego Gelmírez (c. 1070 — c. 1140), el primer arzobispo de Santiago, es quizás el eclesiástico medieval gallego más notable — político de primera fila, constructor del Pórtico de la Gloria en su versión inicial, impulsor del Camino de Santiago como fenómeno europeo de masas y protagonista de una carrera de poder que la Historia Compostelana documenta con la parcialidad hagiográfica del cronista que trabaja para el biografiado.
El Maestro Mateo — artista medieval al que se atribuye la creación del Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago, terminado en 1188 — merece mención en cualquier lista de gallegos ilustres aunque su origen exacto sea desconocido y su "galeguidade" sea una adscripción territorial más que biográfica. El Pórtico de la Gloria es una de las obras maestras del arte románico europeo, que cada año contempla más turistas de los que su piedra puede aguantar con comodidad.
El panteón de gallegos ilustres tiene la peculiaridad de estar siempre incompleto — siempre hay alguien que falta, siempre hay un historiador local dispuesto a demostrar que tal o cual figura era en realidad de tal o cual aldea de la provincia de Ourense, siempre hay una disputa sobre si la galeguidade se hereda, se elige o simplemente se declara con suficiente convicción.
Lo que une a todos estos personajes — la poeta que nombró la melancolía, el empresario que viste al mundo desde Arteixo, el escritor que inventó una estética, el político que murió en el exilio, el dictador que traicionó su origen — es haber nacido en un territorio que forma personas con una intensidad que no siempre sabe retenerlas.
Galicia ha sido durante siglos una fábrica de gente extraordinaria para uso de otros. Que en el siglo XXI esa tendencia esté cambiando — lentamente, insuficientemente, pero cambiando — es quizás la mejor noticia que la lista de gallegos ilustres del futuro podría traer.
Aunque, claro, para saberlo habrá que esperar a que se vayan primero.
Como siempre.