La historia de cómo un territorio que no tenía nada de lo que el turismo convencional pedía descubrió que tenía exactamente lo que el turismo del siglo XXI necesitaba — y decidió cobrarlo.
En 1980, el turismo en Galicia era económicamente marginal. No porque Galicia careciera de atractivos — los tenía, y notables — sino porque el modelo turístico dominante en España era el del sol y playa mediterráneo, un producto que Galicia no podía ofrecer en los términos que el mercado de masas de los años sesenta y setenta había establecido como estándar: sol garantizado, agua caliente, infraestructura hotelera estandarizada y accesibilidad desde los grandes aeropuertos del norte de Europa.
El turismo gallego de aquella época era fundamentalmente doméstico e interno — familias de emigrantes que regresaban en verano a sus pueblos de origen, visitantes de las regiones limítrofes, algún peregrino jacobeo en números que hoy parecerían anecdóticos — con un impacto económico difuso y escasamente monetizado. La economía rural absorbía la mayor parte de los visitantes en estructuras familiares que no generaban estadísticas ni facturación registrada. El turismo, en términos de PIB regional contabilizado, simplemente no aparecía con suficiente nitidez en los datos.
Lo que ocurrió en los cuarenta años siguientes es una de las transformaciones sectoriales más notables de la economía regional española — un proceso de construcción de producto turístico, marca territorial e infraestructura de acogida que convirtió las debilidades estructurales de Galicia en activos diferenciadores en el preciso momento en que el mercado turístico global empezaba a valorar exactamente lo que Galicia tenía.
El Año Santo de 1982: El Antes y el Después
La historia del desarrollo turístico gallego moderno tiene una fecha de inflexión clara: 1982, Año Santo Compostelano, en el que Juan Pablo II peregrinó a Santiago de Compostela y pronunció ante una multitud estimada en medio millón de personas la frase que sintetizó involuntariamente la estrategia de marketing territorial más eficaz de la historia gallega: "Santiago, Europa!" — llamada a la unidad del continente que las instituciones gallegas y la Iglesia compostelana convirtieron en el punto de arranque de la promoción del Camino de Santiago como producto turístico europeo de primer orden.
El impacto fue inmediato y sostenido. El número de peregrinos que recogían la Compostela en la Oficina de Peregrinos pasó de unos pocos miles anuales a principios de los ochenta a 100.000 en el Año Santo de 1993 — cifra que entonces pareció extraordinaria y que hoy representa la cuarta parte del tráfico anual ordinario. La declaración del Camino Francés como Primer Itinerario Cultural Europeo por el Consejo de Europa en 1987 y su inclusión en la lista de Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO en 1993 completaron el marco institucional que convertía el Camino en producto turístico con credenciales internacionales verificables.
La Inversión en Infraestructuras: El Estado como Primer Inversor
La primera fase del desarrollo turístico gallego no fue liderada por el sector privado sino por la inversión pública — estatal, autonómica y europea — en infraestructuras que crearon las condiciones de accesibilidad sin las cuales ningún turismo de escala es posible.
La Autopista del Atlántico (AP-9), que vertebra el eje litoral desde Ferrol hasta la frontera portuguesa pasando por A Coruña, Santiago, Pontevedra y Vigo, fue construida en fases entre los años setenta y los noventa y transformó la accesibilidad interna de Galicia con una eficacia que los datos de movilidad confirman: antes de su construcción, el tiempo de desplazamiento entre las ciudades gallegas hacía inviable cualquier turismo que no se quedara en el mismo punto de destino durante toda la estancia. Después, Galicia se comprimió hasta convertirse en un destino multicéntrico donde moverse entre la costa y el interior, entre Santiago y las Rías Baixas, entre Vigo y la Ribeira Sacra, era logísticamente posible en una misma visita.
Los fondos europeos — los Fondos FEDER y el Fondo de Cohesión que llegaron a España y a Galicia tras la adhesión a la Comunidad Europea en 1986 — financiaron durante los años noventa y dos mil una cantidad de infraestructura turística que la economía regional por sí sola no habría podido acometer: restauración de conjuntos históricos, mejora de puertos deportivos, creación de parques naturales con infraestructura de uso público, señalización y acondicionamiento de rutas de senderismo. La Unión Europea, involuntariamente, fue el primer gran inversor en el producto turístico gallego.
La Red de Albergues: La Infraestructura que Creó el Mercado
Una de las decisiones estratégicas más inteligentes del desarrollo turístico gallego de los años ochenta y noventa fue la construcción de la red de albergues del Camino de Santiago — financiada inicialmente por la Xunta de Galicia con aportaciones de los ayuntamientos del trazado — que creó la infraestructura básica de alojamiento sin la cual el Camino no podría funcionar como producto turístico masivo.
El modelo del albergue de peregrinos — litera, cocina comunitaria, precio mínimo o gratuidad, normas de convivencia estrictas — es desde el punto de vista de la economía turística una anomalía fascinante: un servicio de alojamiento que genera flujo turístico de masas con inversión privada mínima, basado en una mezcla de financiación pública, voluntariado de hospitaleros y una experiencia de usuario que los hoteles de cinco estrellas no pueden reproducir porque su atractivo es precisamente la incomodidad compartida. El negocio turístico real — la hostelería, la restauración, el comercio — se construyó sobre esta infraestructura pública como base, en un modelo de desarrollo donde la inversión colectiva creó el mercado que el sector privado luego explotó.
Los Años Santos como Palanca de Inversión
Los Años Santos del nuevo milenio — 2004, 2010 — fueron utilizados por la administración gallega como ocasiones para concentrar inversión en infraestructuras turísticas con una eficacia que el argumento del Año Santo facilitaba políticamente: es difícil oponerse a inversiones que se presentan como preparación para un evento de alcance internacional y demanda verificada.
El Plan Xacobeo — el programa de inversiones turísticas asociado a los Años Santos — financió en sus distintas ediciones la restauración de monumentos, la mejora de la señalización del Camino, la creación de centros de interpretación, la modernización de la oferta hotelera y una campaña de marketing internacional que convirtió la marca Xacobeo en la marca turística más reconocible de Galicia — y una de las más reconocidas de España — en los mercados europeos y latinoamericanos.
El presupuesto del Xacobeo 2010 superó los 100 millones de euros de inversión directa en turismo — cifra que en el contexto de la Galicia de entonces representaba un esfuerzo presupuestario considerable y que tuvo retorno medible: el año 2010 registró 272.000 peregrinos con Compostela, récord histórico hasta entonces, y un impacto económico estimado por la Xunta en torno a los 800 millones de euros.
El Turismo Rural: La Conversión del Problema en Producto
Uno de los desarrollos más interesantes del turismo gallego de esta fase fue la consolidación del turismo rural como segmento económico con entidad propia. La Galicia interior — ese territorio de aldeas semiabandonadas, pazos señoriales en deterioro y granjas que la emigración había vaciado — comenzó a ser reinterpretada como activo turístico en lugar de pasivo demográfico, con consecuencias económicas modestas pero culturalmente significativas.
La casa rural gallega — la conversión de casas de labranza, molinos, casas de indianos y edificaciones agrícolas en alojamiento turístico de calidad — creó en los años noventa y dos mil un segmento de oferta que respondía exactamente a una demanda creciente en los mercados urbanos europeos: autenticidad arquitectónica, entorno natural, gastronomía local, escala humana, distancia del turismo de masas. La normativa de turismo rural de la Xunta de Galicia — regulada desde 1995 con sucesivas actualizaciones — estableció los estándares de calidad y categorización que permitieron al sector crecer con coherencia mínima de producto.
El impacto económico del turismo rural en la Galicia interior tiene una dimensión que los datos de pernoctaciones no capturan completamente: la conversión en alojamiento turístico de edificaciones que de otro modo habrían sido abandonadas frenó en algunos municipios la degradación del patrimonio construido con una eficacia que las subvenciones de restauración solas no habrían logrado. El mercado hizo lo que la política de patrimonio no podía financiar.
La Gastronomía como Producto Turístico
La gastronomía gallega tardó en ser reconocida como producto turístico con entidad propia — no porque la comida gallega no fuera extraordinaria, que lo era, sino porque la extraordinariedad de la cocina gallega se daba por supuesta dentro de Galicia y era insuficientemente comunicada fuera.
La irrupción de la alta cocina gallega en el panorama gastronómico nacional e internacional — con chefs como Marcelo Tejedor, Pepe Solla, Javier Olleros y la proyección internacional de los productos gallegos en los menús de los grandes restaurantes europeos — creó en los años dos mil una narrativa de excelencia gastronómica que el turismo aprovechó con retraso pero con consistencia. Las guías Michelin y Repsol empezaron a acumular reconocimientos para restaurantes gallegos con una frecuencia que el sector agradeció y que se tradujo en turismo gastronómico de alto poder adquisitivo — el segmento más rentable por visitante de toda la industria.
Las ferias y fiestas gastronómicas — la Festa do Marisco de O Grove, la Festa do Albariño de Cambados, la Feira do Viño de Ribadavia, la Festa da Empanada de Bandeira — se consolidaron como productos turísticos de temporada que concentran visitantes en municipios de pequeño tamaño con una intensidad que la economía local habría tardado décadas en generar por otras vías. El marisco, el vino, la empanada y el pulpo dejaron de ser simplemente comida para convertirse en marcas territoriales con capacidad de tracción turística propia.
La Modernización Hotelera: Del Parador al Boutique
La oferta hotelera gallega experimentó en esta fase una transformación cualitativa que los datos de categoría media de las plazas disponibles reflejan con claridad. La herencia de la primera generación de infraestructura hotelera — hoteles de carretera de los años setenta, pensiones de gestión familiar sin modernización, hostales que habían sobrevivido sin inversión durante décadas — fue siendo sustituida o renovada por una oferta de mayor calidad que respondía a la sofisticación creciente de la demanda.
Los Paradores de Turismo — la red hotelera pública española instalada en monumentos históricos — tienen en Galicia una concentración desproporcionada respecto al resto de España, reflejo de la densidad patrimonial del territorio: los paradores de Santiago de Compostela (en el Hostal dos Reis Católicos, edificio del siglo XV construido como hospital de peregrinos, considerado el hotel más antiguo del mundo en funcionamiento continuo), Baiona, Cambados, Pontevedra, Verín y Vilalba constituyen una red de alojamiento de calidad en edificios históricos que ninguna iniciativa privada habría preservado con ese uso.
Los hoteles boutique en cascos históricos y pazos rurales consolidaron en los años dos mil una oferta de lujo alternativo — pequeño, personalizado, ligado al territorio — que el turista de alto poder adquisitivo empezó a buscar con una preferencia que los grandes hoteles de cadena no podían satisfacer. La conversión de pazos gallegos en hoteles de lujo rural — con toda la complejidad normativa y financiera que implica rehabilitar un edificio catalogado del siglo XVII para uso hotelero del siglo XXI — es uno de los ejemplos más visibles de cómo el patrimonio inmobiliario histórico gallego se convirtió en activo económico turístico con inversión privada y apoyo público.
Los Números: Un Sector que ya No es Marginal
Los datos del turismo gallego en la segunda mitad de los años dos mil diez reflejan una madurez sectorial que el punto de partida de 1980 no permitía anticipar. En 2019 — último año completo prepandémico, referencia habitual del sector para medir el estado estructural antes de la distorsión excepcional del COVID:
Más de 5,5 millones de turistas visitaron Galicia
El gasto turístico total superó los 2.800 millones de euros
El turismo representaba directamente entre el 10 y el 12% del PIB gallego
El sector empleaba directa e indirectamente a más de 100.000 personas
El número de establecimientos de alojamiento turístico superaba los 5.000
Cifras que sitúan al turismo como el tercer sector económico gallego por importancia, después de la industria y los servicios generales, y por delante de la agricultura y la pesca en términos de contribución al PIB — evolución que habría resultado increíble para cualquier observador de la economía gallega de los años ochenta.
El COVID: La Prueba de Resistencia Involuntaria
La pandemia de COVID-19 fue para el turismo gallego lo que para todos los turismos del mundo — una catástrofe de una magnitud que en 2019 habría parecido apocalíptica — pero con una especificidad gallega que el sector procesó con rapidez: Galicia, como destino de turismo de naturaleza y espacio abierto, era exactamente el tipo de destino que la demanda postpandémica privilegiaría.
La recuperación del turismo gallego fue más rápida que la media española — en 2021 y 2022, Galicia recuperó volúmenes de visitantes con mayor velocidad que los destinos de sol y playa mediterráneos — por razones estructurales que el marketing turístico gallego llevaba años intentando comunicar sin suficiente éxito y que el COVID convirtió en ventaja comparativa objetiva: espacio, naturaleza, baja densidad, gastronomía local, experiencia auténtica. El turista postpandémico que huía de las playas abarrotadas y los resorts de todo incluido encontró en Galicia exactamente lo que buscaba.
El Xacobeo 2021 — retrasado por la pandemia desde 2021 hasta 2022, con el Año Santo extendido excepcionalmente por la Santa Sede en un gesto sin precedentes históricos — generó cifras récord de peregrinos y de turistas en Santiago que confirmaron la solidez estructural de la demanda jacobea: más de 400.000 compostelas entregadas en el año ampliado, impacto económico estimado en torno a 1.800 millones de euros.
Las VUT y el Alojamiento Turístico Descentralizado
Una de las transformaciones más significativas del mercado de alojamiento turístico gallego de los últimos años ha sido la proliferación de las Viviendas de Uso Turístico — las VUT — plataforma de democratización del negocio de alojamiento que ha permitido a miles de propietarios particulares convertir inmuebles residenciales en activos turísticos con una barrera de entrada financiera incomparablemente inferior a la de la hotelería convencional.
En Galicia, el marco regulatorio de las VUT está establecido por el Decreto 12/2017 de la Xunta — normativa que regula los requisitos de registro, habitabilidad y funcionamiento de los apartamentos turísticos con una exigencia que intenta equilibrar la protección del consumidor, la competencia leal con la hotelería convencional y la flexibilidad del pequeño propietario que quiere rentabilizar su segunda vivienda en verano.
El impacto económico de las VUT en la economía turística gallega tiene una dimensión que las estadísticas oficiales de hotelería no capturan completamente: miles de pequeños propietarios — especialmente en las Rías Baixas, en el Camino de Santiago y en el casco histórico de Santiago — generan ingresos complementarios que en algunos casos superan los de su actividad principal y que contribuyen a la viabilidad económica de inmuebles que de otro modo estarían infrautilizados o deteriorados.
El lado opuesto de esta proliferación es la tensión con el mercado residencial que las VUT generan en los cascos históricos de las ciudades gallegas — especialmente en Santiago — donde la conversión masiva de viviendas en apartamentos turísticos presiona los precios del alquiler residencial con consecuencias que los residentes locales, los estudiantes universitarios y los trabajadores del sector servicios perciben en sus presupuestos de vivienda con una claridad que los debates sobre regulación del mercado turístico raramente reflejan con suficiente honestidad.
El Turismo de Cruceros: El Debate Incómodo
El turismo de cruceros llegó a los puertos gallegos — especialmente Vigo y A Coruña — con la fuerza de un segmento que los puertos del Mediterráneo habían normalizado y que en Galicia generó desde el principio un debate sobre su valor económico real que el entusiasmo inicial de los responsables portuarios no siempre facilitó.
El crucerista estándar pasa entre seis y ocho horas en el puerto de escala, consume en tierra una fracción mínima de su gasto vacacional total — la mayor parte se queda en el barco, donde come, duerme y compra — y genera un impacto en la imagen del destino que puede ser positivo o negativo según la experiencia. Los estudios de impacto económico del turismo de cruceros — encargados habitualmente por las autoridades portuarias, que tienen interés obvio en los resultados — arrojan cifras de gasto por pasajero que los estudios independientes revisan sistemáticamente a la baja.
La discusión sobre los cruceros en Galicia refleja un debate más general sobre la calidad versus cantidad en el desarrollo turístico que la industria gallega está teniendo con más sofisticación de la habitual: ¿qué tipo de turismo quiere Galicia atraer? ¿El que genera mayor volumen de visitantes o el que genera mayor gasto por visitante? ¿El que llena las calles en temporada alta o el que distribuye demanda a lo largo del año? Las respuestas no son obvias y los intereses en juego son suficientemente complejos como para que el debate continúe sin resolución definitiva a la vista.
La Sostenibilidad: Del Discurso a la Urgencia
El turismo sostenible era en los años noventa un concepto de nicho que algunos operadores especializados utilizaban como argumento de marketing. En los años veinte del siglo XXI es una urgencia estructural que el sector turístico gallego — como todos los sectores turísticos europeos — ha tardado en interiorizar pero que el cambio climático, la saturación de los destinos más exitosos y la conciencia creciente del consumidor están convirtiendo en condición de viabilidad a largo plazo.
Las Islas Cíes son el ejemplo más claro de la tensión entre demanda turística y capacidad de carga ecológica: el sistema de acceso controlado funciona, pero la presión sobre el cupo disponible en temporada alta indica que la demanda potencial supera ampliamente la capacidad sostenible del espacio natural. El debate sobre la candidatura a Patrimonio de la Humanidad de las Islas Atlánticas — que aumentaría la visibilidad y probablemente la demanda — tiene como contrapeso exactamente esta tensión entre reconocimiento y saturación.
Los incendios forestales de verano — cuya relación con la gestión del territorio, el abandono rural y el cambio climático el sector turístico gallego contempla con una preocupación que va más allá del impacto en la imagen — son el recordatorio más dramático de que la naturaleza que sustenta el producto turístico gallego no es un escenario estático sino un ecosistema dinámico que la actividad humana puede degradar con una velocidad que la recuperación natural raramente iguala.
El Turismo Deportivo y de Aventura
El turismo activo — senderismo, ciclismo, kayak, surf, escalada — ha experimentado en Galicia un crecimiento sostenido que se apoya en una infraestructura natural de primera calidad y en una inversión pública en señalización y equipamiento que ha madurado en los últimos años.
La red gallega de Sendeiros de Gran Percorrido y Pequeño Recorrido suma miles de kilómetros de rutas señalizadas que conectan la costa con el interior, los parques naturales con los centros históricos y los valles fluviales con las cimas de las sierras — infraestructura de uso gratuito que genera gasto turístico en alojamiento, restauración y equipamiento en los municipios del entorno.
El surf en la Costa da Morte — especialmente en Pantín, sede de una prueba del circuito mundial de surf, y en las playas del litoral atlántico norte — ha generado una comunidad de turismo deportivo internacional que convive con el turismo cultural y de naturaleza con la naturalidad de quien descubrió que las mismas condiciones atmosféricas que producen la niebla y las olas producen también el paisaje y la autenticidad que los dos tipos de turista buscan.
La Cadena de Valor: Quién Gana Cuánto
El impacto económico del turismo gallego se distribuye a lo largo de una cadena de valor con eslabones de muy diferente rentabilidad. En el extremo más rentable — mayor gasto por visitante, mayor margen operativo — se sitúan los hoteles de categoría superior, los restaurantes gastronómicos, las actividades de experiencia de alto valor y el turismo corporativo de reuniones y congresos que Santiago atrae con una frecuencia creciente.
En el extremo de mayor volumen pero menor margen se sitúa la hostelería de peregrinos — albergues, restaurantes de menú del peregrino, tiendas de material — que mueve cifras agregadas considerables pero con márgenes unitarios que los economistas del turismo describen como "desafiantes" y que los propietarios describen con un vocabulario más expresivo cuando la temporada ha sido complicada.
El comercio turístico gallego — recuerdos, artesanía, productos gastronómicos, moda — tiene en Santiago un volumen que las estadísticas de comercio minorista de la ciudad confirman como significativo y que la calidad variable de la oferta no siempre justifica. La artesanía gallega auténtica — el orfebre compostelano, la cerámica de Sargadelos, el encaje de bolillos de Camariñas — convive en los mismos escaparates con la producción industrial de origen asiático con el nombre de Santiago impreso, coexistencia que el turista no siempre está equipado para distinguir y que la administración regula con la energía intermitente de lo que no es urgente hasta que es tarde.
La Estacionalidad: El Problema que no Tiene Solución Fácil
La estacionalidad es el principal desafío estructural de la economía turística gallega — una concentración de demanda en los meses de julio y agosto que genera ineficiencias en todos los niveles de la cadena de valor: infraestructuras sobredimensionadas para la temporada alta que resultan infrautilizadas el resto del año, personal contratado temporalmente sin posibilidad de acumular experiencia, establecimientos que cierran en invierno porque la demanda no justifica la apertura.
Los intentos de desestacionalización — el turismo de Semana Santa, el turismo de otoño gastronómico, el turismo de invierno cultural en Santiago, los paquetes de turismo termal en temporada baja — han tenido éxitos parciales que han alargado la temporada sin resolver el problema estructural de la concentración estival. La demanda del Camino de Santiago es el factor desestacionalizador más eficaz disponible — los peregrinos caminan todo el año con una distribución mensual más equilibrada que cualquier otro segmento — pero insuficiente para compensar la caída de demanda del turismo costero fuera del verano.
El Empleo: Mucho Volumen, Calidad Mejorable
El turismo gallego emplea directamente a unas 60.000–70.000 personas según los datos de afiliación a la Seguridad Social en los sectores de hostelería y actividades turísticas, cifra que en temporada alta se incrementa sustancialmente con la contratación temporal. El empleo turístico es el que más ha crecido en Galicia en las últimas dos décadas en términos absolutos — y el que peores condiciones laborales ofrece en términos de temporalidad, remuneración y estabilidad.
La brecha entre la rentabilidad del sector turístico y las condiciones del empleo que genera es uno de los debates más incómodos de la economía turística gallega — y española en general. Un sector que factura cerca de 3.000 millones de euros anuales y que paga a sus trabajadores de base salarios que en muchos casos no superan el Salario Mínimo Interprofesional tiene una distribución del valor generado que los sindicatos cuestionan periódicamente y que la escasez de mano de obra cualificada en hostelería — fenómeno creciente en toda España — está empezando a corregir por la vía del mercado con más eficacia que la negociación colectiva.
La Competencia por el Talento Turístico
La escasez de personal cualificado en hostelería — cocineros, jefes de sala, recepcionistas con idiomas, guías turísticos especializados — es el problema operativo más inmediato del sector turístico gallego en el horizonte próximo. La combinación de condiciones laborales históricamente poco atractivas, la emigración de los jóvenes cualificados y la expansión simultánea de la oferta turística está generando una tensión de mercado laboral que los empresarios del sector describen como crítica y que los centros de formación profesional turística intentan resolver con una capacidad de respuesta que raramente iguala la velocidad de la demanda.
La Digitalización: Oportunidad y Dependencia
La digitalización del turismo gallego tiene dos caras de consecuencias económicas opuestas. Por un lado, las plataformas digitales — Booking.com, Airbnb, TripAdvisor, Google Hotels — han ampliado dramáticamente la visibilidad de la oferta gallega en mercados internacionales que sin ellas habrían sido inaccesibles para el pequeño establecimiento turístico. Por el otro, la dependencia de estas plataformas implica una cesión de margen — las comisiones de Booking y Airbnb rondan el 15-20% del precio de venta — y de datos del cliente que las grandes cadenas hoteleras están combatiendo con estrategias de reserva directa que el pequeño establecimiento difícilmente puede replicar con los mismos recursos.
La estrategia de reserva directa — reducir la dependencia de las grandes plataformas mediante webs propias, marketing directo y gestión de la relación con el cliente — es exactamente el camino que establecimientos como los de A do Monte en O Grove están recorriendo, con la ventaja del menor coste de distribución y el desafío de la menor visibilidad inicial que cualquier estrategia de desintermediación implica en sus primeras fases.
El Turismo de Calidad: La Dirección Estratégica
El debate estratégico fundamental del turismo gallego para la próxima década es el de calidad versus cantidad — si Galicia debe continuar creciendo en volumen de visitantes o si debe concentrarse en atraer al turista que gasta más, permanece más días y genera menor impacto ambiental y social por euro de gasto turístico.
La respuesta de la Axencia Turismo de Galicia — el organismo de la Xunta responsable de la política turística — se inclina progresivamente hacia la calidad, con estrategias de posicionamiento en los segmentos de turismo gastronómico de lujo, turismo cultural de alto valor y turismo de naturaleza exclusivo que implican precios más elevados, volúmenes más controlados y mayor sostenibilidad del modelo a largo plazo.
Si esta transición se produce con la coherencia estratégica y la inversión sostenida que requiere, o si se queda en documentos de planificación con buenas intenciones y ejecución insuficiente — como tantas estrategias turísticas regionales antes que ella — es la pregunta que la próxima década responderá.
El desarrollo económico del turismo gallego en cuarenta años es la historia de un sector que aprendió, más tarde que otros pero con mayor solidez, que lo que tenía valía más de lo que creía — y que aprendió también que venderlo bien requería algo más que tener buen producto.
Requería infraestructura — que el Estado construyó con fondos europeos en los años críticos. Requería marca — que el Camino de Santiago proporcionó con una potencia que ninguna campaña publicitaria habría podido igualar. Requería calidad de producto — que la gastronomía, el patrimonio y la naturaleza gallega ofrecían pero que el sector tardó en presentar con la coherencia necesaria. Y requería gestión profesional — que está llegando, con el retraso habitual de los sectores que crecen más rápido que su capital humano.
El turismo gallego del siglo XXI no es el mismo animal económico que el del siglo XX. Es más grande, más diverso, más profesional y más consciente de sus propios límites. Todavía tiene problemas estructurales — la estacionalidad, la precariedad laboral, la dependencia de plataformas, la fragilidad ecológica de sus activos naturales — que ninguna temporada récord resuelve por sí sola.
Pero también tiene algo que muy pocos destinos turísticos europeos pueden ofrecer en 2026: un producto genuino en un mercado saturado de simulacros.
Y eso, en la economía de la experiencia contemporánea, vale exactamente lo que el mercado está dispuesto a pagar.
Que cada vez es más.