Una tierra que lo dio todo — peregrinos, emigrantes y pulpo — y recibió a cambio lluvia. Mucha lluvia.
Galicia lleva habitada desde el Paleolítico, lo que la convierte en una de las regiones con más antigüedad histórica de Europa y, en proporción directa, con más piedras milenarias por metro cuadrado que ningún otro lugar del continente. Los primeros pobladores dejaron sus marcas en forma de petroglifos — grabados rupestres diseminados por toda la geografía gallega que los arqueólogos llevan décadas interpretando y sobre los cuales aún no se ponen de acuerdo en absolutamente nada.
Hacia el primer milenio antes de Cristo llegaron los celtas, pueblo con una vocación invasora admirable y una habilidad especial para construir castros — poblados amurallados en lo alto de los montes desde donde se divisaba perfectamente cómo el enemigo subía la colina con tiempo suficiente para ponerse nervioso. La cultura castrexa floreció durante siglos y dejó una impronta tan profunda en Galicia que hoy sus descendientes siguen celebrándola en festivales de verano con gaitas, cerveza artesanal y camisetas de lino.
En el año 137 a.C., el joven Décimo Junio Bruto se adentró en los confines del noroeste peninsular con sus legiones y fue el primero en cruzar el río Limia — el mítico Lethes, río del olvido, que según la leyenda hacía perder la memoria a quien lo cruzara. Sus soldados, bastante escépticos respecto a la mitología local, se negaron a seguirle hasta que Bruto cruzó solo, llegó al otro lado y demostró que seguía recordando sus nombres gritándolos uno por uno. Historia auténtica. La Galicia romana nunca llegó a ser una provincia del todo dócil, pero acabó integrándose en Hispania con la resignación característica de quien sabe que los acueductos son, objetivamente, una mejora respecto a lo anterior.
Tras el colapso del Imperio Romano y el consiguiente caos general, Galicia vivió su momento de mayor gloria política con el Reino Suevo (411–585 d.C.), el primer reino cristiano independiente de Europa Occidental, detalle que los gallegos mencionan cada vez que pueden y que el resto del mundo ignora sistemáticamente. Los suevos gobernaron desde Braga y dejaron una huella cultural y religiosa considerable antes de ser absorbidos por los visigodos, que no eran especialmente simpáticos pero sí más numerosos.
La Reconquista consolidó el Reino de Galicia como entidad política propia, que alcanzó su cénit durante los siglos X y XI. Alfonso II el Casto impulsó el descubrimiento de la tumba del Apóstol Santiago — o al menos lo que se decidió que era la tumba del Apóstol Santiago, cuestión sobre la que la historiografía mantiene una prudente ambigüedad — y convirtió Compostela en uno de los centros de peregrinación más importantes de la Cristiandad. El Camino de Santiago transformó Galicia en un cruce de caminos europeo, lo que tuvo la doble consecuencia de enriquecer culturalmente la región y de llenarla para siempre de peregrinos con ampollas en los pies.
El siglo XV fue funesto para la nobleza gallega. Las Guerras Irmandiñas (1467–1469) — la mayor revuelta campesina de la historia medieval peninsular — sacudieron las estructuras feudales con una violencia considerable. Los campesinos destruyeron decenas de fortalezas nobiliarias con una eficiencia que dejó atónitos a todos. Sin embargo, como suele ocurrir en la historia, la nobleza se reorganizó, aplastó la revuelta y restableció el orden con el entusiasmo adicional de quien acaba de pasar un mal rato.
La incorporación definitiva a la Corona de Castilla bajo los Reyes Católicos supuso la progresiva marginalización política de Galicia. Madrid quedaba muy lejos y la administración central tenía una tendencia natural a olvidar que en el noroeste existía un territorio con idioma propio, tradiciones propias y una lluvia completamente propia. Durante los siglos XVI al XVIII, Galicia fue básicamente un proveedor de soldados, marineros y emigrantes para el resto del Imperio.
El siglo XIX trajo el Rexurdimento — el renacimiento cultural gallego — de la mano de figuras como Rosalía de Castro, cuya poesía en gallego no solo reivindicó la lengua sino que convirtió la morriña en categoría filosófica exportable. Junto a ella, Eduardo Pondal y Curros Enríquez conformaron una trinidad literaria que devolvió dignidad a un idioma que siglos de castellanización habían reducido a "dialecto de labradores", según la terminología despectiva de la época.
El Rexionalismo y posteriormente el Galeguismo político articularon las aspiraciones de autogobierno, que culminaron en el Estatuto de Autonomía de 1936 — aprobado en referéndum justo a tiempo para que el golpe militar de Franco lo convirtiera en papel mojado durante cuarenta años.
La Guerra Civil golpeó especialmente a Galicia, donde la represión franquista fue particularmente brutal desde el primer momento. La dictadura suprimió las instituciones autonómicas, persiguió el idioma gallego y provocó una nueva oleada emigratoria masiva — esta vez hacia América Latina y Europa — que vació pueblos enteros y configuró la Galicia dispersa y envejecida que conocemos hoy. El único gallego que prosperó durante el franquismo fue, con una ironía histórica difícil de superar, el propio Francisco Franco, nacido en El Ferrol en 1892.
La Constitución de 1978 y el Estatuto de Autonomía de 1981 devolvieron a Galicia su autogobierno como Comunidad Autónoma. La Xunta de Galicia gestiona desde entonces sus competencias con una alternancia política que durante décadas estuvo dominada por el PP — Manuel Fraga gobernó entre 1990 y 2005 con una longevidad que desafiaba tanto la biología como la alternancia democrática.
El gallego fue reconocido como lengua cooficial y su situación actual es objeto de debate permanente: protegido por ley, hablado por la mayoría de la población rural y de mayor edad, pero en retroceso entre las generaciones más jóvenes en las ciudades, en un equilibrio sociolingüístico que los especialistas describen como "complejo" y los políticos como "perfectamente gestionado", cada uno desde su trinchera correspondiente.
Hoy Galicia es una región de contrastes: una costa atlántica de extraordinaria belleza, una gastronomía reconocida internacionalmente, una diáspora que suma millones de personas en todo el mundo, una demografía envejecida, una economía basada en la pesca, la automoción, el turismo y, cada mes de julio, en el Camino de Santiago. Una tierra que lleva milenios estando en el mapa y que, a pesar de todos los esfuerzos de la historia por ignorarla, sigue aquí. Con su lluvia, su morriña y su pulpo á feira.
Como siempre.
Ahí tienes — historia completa desde los petroglifos hasta el pulpo, con una línea del tiempo para los que prefieren los resúmenes visuales a los textos que se leen de pie en la cocina.