Arcos de roca de hasta 30 metros de altura, cuevas sin fin y una arena que desaparece cada vez que uno tiene ganas de tumbarse. Bienvenidos al monumento natural más fotogénico —y más caprichoso— de la costa atlántica española.
Reportaje de viaje · Ribadeo, Lugo, Galicia
«Hay playas que te dan sol. Hay playas que te dan calor. Praia das Catedrais te da humedad, viento y una serie de esculturas geológicas de 80 millones de años de antigüedad que ningún arquitecto humano ha podido ni soñar replicar.»
Vista desde el paseo del acantilado · marea baja recomendada
Situada en el municipio de Ribadeo, en el extremo nororiental de la provincia de Lugo, Praia das Catedrais —oficialmente llamada Praia de Augas Santas, aunque nadie la llama así— es sin duda el accidente geológico más dramático de toda la costa gallega. Y eso, viniendo de una costa que parece diseñada por alguien con un presupuesto ilimitado en granito y melancolía, ya es decir mucho.
Los protagonistas del espectáculo son los arcos y pilares de pizarra y cuarcita tallados durante milenios por el Atlántico: algunos superan los 30 metros de altura, emergen directamente de la arena como arbotantes de una catedral sumergida, y ofrecen a los visitantes la extraña sensación de caminar por la nave de una basílica que Dios dejó a medias porque se quedó sin presupuesto.
«No se trata de una playa al uso. Es una obra de ingeniería erosiva que lleva 80 millones de años en construcción, con jornadas laborales de 24 horas y sin un solo sindicato que se haya quejado.»
La naturaleza, siempre con su peculiar sentido del humor, ha dispuesto que el acceso a las cuevas y arcos sólo sea posible con marea baja. Esto significa que el visitante que llega a las dos de la tarde de un día cualquiera de agosto sin consultar antes la tabla de mareas se va a encontrar con un horizonte de agua atlántica y la profunda certeza de haber conducido tres horas para nada.
La diferencia entre marea alta y baja puede superar los tres metros, transformando el paisaje de forma radical: a marea alta, la playa casi desaparece; a marea baja, se abre un laberinto de túneles, cuevas y playas encajonadas que durante siglos sirvió de refugio a contrabandistas —actividad histórica en la que Galicia ha demostrado una creatividad y una dedicación verdaderamente admirables.
Municipio
Ribadeo, Lugo
Longitud
~1,4 km
Arcos máx.
32 m altura
Reserva
Jul–Sep obligatoria
En 2015, las autoridades gallegas —espantadas ante las aglomeraciones de miles de personas chapoteando simultáneamente entre los arcos— implantaron un sistema de reserva previa obligatorio durante los meses de verano. En julio y agosto, acceder a la playa sin reserva es sencillamente imposible. La medida, que en su momento suscitó debates encendidos sobre si se podía privatizar el Atlántico, ha resultado ser un acierto indudable: la experiencia es hoy mucho más tranquila y el estado de conservación de la playa, notablemente mejor.
La reserva es gratuita y se gestiona a través del portal de la Xunta de Galicia. El truco, si es que existe, es sencillo: hacerla con varias semanas de antelación en temporada alta, elegir el turno que coincida con la marea baja del día, y rezar para que el tiempo atlántico —que puede pasar de soleado a apocalíptico en el tiempo que tarda uno en ponerse el cortavientos— decida cooperar.
Desde O Grove o Pontevedra, el trayecto por la AP-9 y la A-8 ronda las dos horas largas. Desde Ribadeo, el acceso a pie desde el pueblo hasta el mirador y bajada a la playa no lleva más de quince minutos. Existe un aparcamiento oficial que en temporada alta se llena antes de que la mayoría de la gente haya terminado el desayuno; llegar antes de las nueve de la mañana no es una sugerencia romántica sino una necesidad logística.
El paseo del acantilado que bordea la playa por arriba merece por sí solo la visita, con perspectivas de los arcos desde lo alto que explican sobradamente por qué esta playa ha generado más fotos en Instagram que cualquier otra del norte de España. Eso, naturalmente, también significa que hay que pelear el encuadre con cincuenta personas levantando el teléfono en el mismo ángulo.
«La madrugada del equinoccio de septiembre, con la marea baja, la niebla rozando los arcos y ningún turista a la vista: ese es el momento en que Praia das Catedrais justifica haber vivido en Galicia.»
Septiembre y octubre son, para quienes pueden permitírselo, los meses ideales. Las temperaturas del agua siguen siendo razonables, las aglomeraciones se reducen considerablemente, el sistema de reservas se relaja y la luz del Cantábrico adquiere esa calidad dorada y ligeramente melancólica que convierte cualquier fotografía en algo cercano al arte. Además, las mareas bajas de otoño suelen ser particularmente pronunciadas, abriendo cuevas y pasillos que en verano permanecen inaccesibles.
En invierno, la playa es libre, abierta y completamente entregada a los elementos. No hay turistas. Hay viento. Hay olas. Y hay una belleza brutal, despiadada y genuinamente gallega que no se parece a nada más en la Península Ibérica.