Colón demostró en 1492 que la Tierra no termina aquí. El Atlántico, sin embargo, sigue sin enterarse. Un faro, un kilómetro 0,00 y la pregunta inevitable: ¿qué hace uno cuando llega al borde?
Fisterra, A Coruña, GaliciaCosta da Morte43°03′ N · 9°16′ O
Hay lugares cuyo nombre lo dice todo. Finis Terrae: el fin de la tierra. Durante siglos, los romanos convencidos de vivir en el borde de un disco plano miraban hacia este promontorio de granito con la misma mezcla de fascinación y terror que hoy sentimos ante cualquier cosa que no podamos controlar con el móvil. Al otro lado: el océano, la oscuridad, el abismo. Y, eventualmente, Nueva Jersey. Pero eso no lo sabían.
Cabo Fisterra se adentra en el Atlántico en el extremo occidental de la provincia de A Coruña como un dedo de granito señalando el horizonte con una insistencia que raya en la obsesión. El cabo forma parte de la Costa da Morte —llamada así por los centenares de naufragios que jalonan sus fondos, lo cual debería ser una señal de alarma turística pero en Galicia se ha convertido, de algún modo, en un argumento de venta— y constituye, junto al Cabo da Roca portugués, uno de los puntos más occidentales de la Europa continental.
El Faro de Fisterra, construido en 1853 y elevado a 138 metros sobre el nivel del mar, es el guardián silencioso de todo el conjunto. Su luz alcanza las 23 millas náuticas y lleva más de siglo y medio cumpliendo el mismo cometido: informar a los navegantes de que aquí termina Europa y empieza algo considerablemente más profundo y húmedo.
«Llegar a Fisterra es enfrentarse a una paradoja: el lugar que durante milenios representó el fin de todo lo conocido es, en el siglo XXI, perfectamente accesible en coche, con parking, restaurante y tienda de souvenirs. El abismo, al parecer, también tiene WiFi.»
Altitud faro
138 m s.n.m.
Longitud
9°16′ 23″ O
Faro construido
1853
Alcance luz
23 mn
Distancia Santiago
90 km
Aunque el Camino de Santiago termina oficialmente en la catedral compostelana —donde el peregrino recoge su Compostela y se fotografía con cara de haber cruzado los Pirineos, que efectivamente ha cruzado— una parte significativa de los caminantes considera que la peregrinación no está realmente completa hasta llegar a Fisterra. Son noventa kilómetros adicionales que la Oficina del Peregrino recompensa con una segunda certificación, la Fisterrana, por si la Compostela no era suficiente papel enmarcable.
La tradición más cinematográfica del lugar es la quema de la ropa o las botas al final del camino: un ritual de purificación y cierre que los peregrinos han practicado durante siglos con mayor o menor literalidad. Hoy en día las autoridades desaconsejan encender hogueras en el cabo —el granito y la hojarasca atlántica no forman la combinación más segura—, pero la costumbre persiste de formas más o menos creativas. Algunas botas simplemente descansan sobre las rocas. Otras acaban directamente en el contenedor, que es un desenlace menos romántico pero igualmente definitivo.
El hito más fotografiado del cabo no es el faro ni el acantilado sino un modesto poste de granito que marca el Kilómetro 0,00: el punto que los peregrinos que parten de Saint-Jean-Pied-de-Port consideran el final de los 878 kilómetros del Camino Francés. Es, objetivamente, una señal de piedra sin mayor complejidad arquitectónica. Es, subjetivamente, uno de los objetos más cargados de emoción de toda la Península Ibérica. La capacidad humana para proyectar significado sobre las cosas más sencillas resulta, cuando se contempla desde la distancia adecuada, verdaderamente conmovedora.
«La puesta de sol sobre el Atlántico desde el cabo, con el faro encendiéndose al fondo y el océano extendiéndose hasta donde alcanza la vista, es uno de esos espectáculos que hacen que uno entienda, aunque sea por un momento, por qué la gente camina novecientos kilómetros para llegar aquí.»
Fisterra no existe en el vacío sino en el corazón de la Costa da Morte, ese tramo de litoral que se extiende desde Malpica hasta Muros y que ha sido durante siglos el terror de los navegantes del Atlántico Norte. Los vientos, las corrientes y la proliferación de bajos rocosos hundieron aquí a cientos de embarcaciones: galeones españoles, buques ingleses, petroleros del siglo XX. El nombre no es metáfora sino estadística.
Esta historia de naufragios ha dejado una herencia cultural peculiar, reflejada en las museos del naufragio de la zona y en una relación con el mar que en la costa gallega mezcla el respeto, la dependencia y una melancolia estructural que ningún buen tiempo logra borrar del todo. Los marineros de esta costa no han temido al mar: lo han trabajado, lo han sufrido y, con la paciencia que da saber que el Atlántico siempre gana a largo plazo, han aprendido a vivir a su lado sin hacerse demasiadas ilusiones.
La puesta de sol es, sin ningún género de dudas, el motivo principal de visita. Y como Fisterra mira al oeste sobre el océano abierto, las condiciones para contemplarla son potencialmente perfectas en cualquier época del año, con el matiz importante de que Galicia es Galicia y el cielo puede cubrirse de nubes en el tiempo que uno tarda en sacar el trípode del coche.
Los meses de julio y agosto son los más concurridos, con la carretera de acceso al faro convertida en un ejercicio colectivo de paciencia automovilística. Septiembre y octubre ofrecen las mejores condiciones: luz dorada, menos visitantes, temperaturas todavía razonables y una probabilidad estadísticamente superior de cielos despejados al atardecer. En invierno, el cabo es otra cosa completamente: viento que dobla a los pocos visitantes que se atreven, olas que rompen contra los acantilados con una energía que recuerda que el océano no tiene ningún interés particular en resultar fotogénico, y una soledad que los amantes del paisaje atlántico en estado puro consideran el mayor lujo disponible en la Península.
El pueblo de Fisterra —a tres kilómetros del cabo— merece una parada independiente: puerto pesquero activo, marisco de primera calidad y la atmósfera tranquila de un lugar que lleva siglos siendo el último antes del fin del mundo sin haber perdido del todo la perspectiva al respecto.