Dos kilómetros de arena, un santuario milenario y un ritual que el Atlántico todavía cumple cada noche de agosto
Hay playas que son simplemente playas. A Lanzada no. Tiene arena fina y agua fría, sí, y dos kilómetros de frente atlántico que en verano se llenan de sombrillas y niños con cubos. Pero tiene también una ermita del siglo XI sobre un promontorio de granito, los restos de una fortaleza medieval que el mar fue comiendo despacio, y una leyenda de fertilidad que cada noche de la víspera de San Juan convoca a mujeres desde toda Galicia a bañarse en las olas. Todo esto en el mismo sitio, con el mismo viento encima. A Lanzada es uno de esos lugares que acumulan historia como la costa acumula arena: sin esfuerzo aparente, por simple efecto del tiempo y del agua.
Un istmo entre dos mundos
Geográficamente, A Lanzada ocupa un istmo estrecho que une la península del Grove con la tierra firme de Sanxenxo. A un lado, las aguas tranquilas y protegidas de la ría de Arousa. Al otro, el Atlántico abierto, sin contemplaciones. Esta posición entre dos mares distintos —uno manso, otro bravo— le da a la playa un carácter dual que los gallegos conocen bien: en el lado de la ría, familias con niños y kayaks; en el lado oceánico, surfistas, viento y olas que llegan sin avisar desde cualquier parte del mundo. En menos de cien metros se puede pasar de un picnic tranquilo a necesitar neopreno.
Ese mismo istmo fue durante siglos un punto estratégico de primer orden. Los restos del castro de A Lanzada, un asentamiento castreño que data del siglo VII antes de Cristo, demuestran que alguien con buen ojo para la geografía ya eligió este lugar mucho antes de que existiera el turismo, el surf o la denominación de origen. Más tarde, romanos y suevos dejaron también su huella en estas tierras. La fortaleza medieval que se construyó sobre el promontorio en el siglo XI fue destruida por los normandos —sí, los normandos llegaron hasta aquí— y vuelta a levantar varias veces con esa obstinación que tiene Galicia ante todo lo que el mar se lleva.
La ermita y el milagro cotidiano
Lo que sí sobrevivió, con reformas y restauraciones, es la Ermita de Nosa Señora da Lanzada. Encaramada sobre las rocas del extremo norte de la playa, la ermita románica domina el paisaje con la modestia calculada de quien sabe que no necesita competir con el entorno: el Atlántico ya hace todo el trabajo escénico. La imagen original de la Virgen, de origen incierto pero venerada desde hace siglos, fue destruida durante la Guerra Civil y sustituida por una talla nueva que los devotos acogieron con la generosidad propia de la fe popular.
"Nueve olas. Ni ocho ni diez. Las nueve olas de A Lanzada, y el mar hace el resto."
La ermita es bella por sí misma, pero lo que le da a A Lanzada su dimensión más singular es el ritual que se celebra cada año en la noche anterior a San Juan: el baño de las nueve olas. Según la tradición —antiquísima, de raíces probablemente precristianas que el catolicismo popular fue adoptando sin demasiadas preguntas—, las mujeres que desean quedarse embarazadas deben introducirse en el mar en esa noche concreta y dejarse cubrir por nueve olas consecutivas. El ritual, lejos de desaparecer con la modernidad, goza de una salud envidiable. Cada víspera de San Juan, la playa se llena de mujeres de todas las edades, algunas con devoción absoluta, otras con escepticismo afectuoso, todas con los pies en el agua fría del Atlántico a medianoche. El mar, por su parte, no hace distinciones.
El viento como clima permanente
A Lanzada tiene fama de ser una de las playas más ventosas de la ría de Arousa, lo que la hace menos apetecible para quienes buscan una hamaca bajo el sol quieto del Mediterráneo, y perfecta para quienes entienden que una playa sin viento es como un pulpo sin pimentón: técnicamente comestible, pero le falta algo. El viento atlántico que barre A Lanzada en cualquier mes del año es el mismo que empujaba las naves romanas por la ría, el mismo que dispersó a los normandos, el mismo que hace ondear las banderas azules del aparcamiento con una energía que parece no agotarse nunca. En verano refresca. En otoño avisa. En invierno, cuando la playa se queda sola y las olas rompen sin público, recuerda que este lugar existía mucho antes de que llegara nadie a verlo.
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A Lanzada es, en definitiva, uno de esos rincones que resisten cualquier clasificación turística. No es solo una playa. No es solo un santuario. No es solo un yacimiento arqueológico ni un spot de surf ni un mirador al Atlántico. Es todo eso a la vez, con el viento cruzando de un lado a otro del istmo como si tuviera prisa, y las olas contando en silencio —una, dos, tres— para quien quiera escuchar.