Diecisiete mil vecinos, trescientos mil veraneantes y un rey que viene a navegar
Sanxenxo es el municipio más pequeño de O Salnés — diecisiete mil habitantes, veintiún kilómetros cuadrados — y el que más sabe de transformaciones. En invierno es un pueblo tranquilo de la ría con su puerto, sus restaurantes a medio gas y sus vecinos que se conocen de toda la vida. En verano es otra cosa enteramente: el destino vacacional más concurrido de Galicia, con playas llenas antes de las diez de la mañana, apartamentos reservados con meses de antelación, una vida nocturna que en julio y agosto no termina antes del amanecer y una densidad de chiringuitos, veleros y cremas solares que convierte la ría en algo parecido a un Mediterráneo con mejores mariscos y agua más fría. Que ambas versiones de la ciudad correspondan al mismo sitio y al mismo municipio es una de esas paradojas gallegas que los propios sanxenxinos han dejado de intentar explicar.
La reputación de Sanxenxo como destino turístico de primer orden no es nueva ni es accidental. La ría de Pontevedra ofrece aquí su mejor frente costero: playas orientadas al sur y al suroeste que reciben el sol desde primera hora de la mañana, aguas protegidas de los vientos dominantes del norte, y esa combinación de arena fina y granito que caracteriza las costas atlánticas gallegas en su versión más fotogénica. La ciudad lo sabe desde hace décadas, y ha construido sobre esa ventaja una infraestructura hotelera, gastronómica y de ocio que no tiene equivalente en la Galicia costera.
Las playas
Sanxenxo tiene más playas por kilómetro de costa que casi cualquier municipio de Galicia, y cada una tiene su carácter, su público y su momento del día. Conocerlas es entender la geografía de la ría:
Praia de Silgar
La principal. Arena fina, bandera azul, aguas tranquilas. En agosto, la más concurrida de Galicia.
Praia de Baltar
Más recogida, entre rocas. El retiro de quien quiere playa sin multitudes a diez minutos de Silgar.
Praia de Areas
Larga, abierta, con dunas. La favorita de los surfistas cuando el viento rola al oeste.
Praia de Foxos
En el límite con O Grove. Ambiente familiar, aguas de ría, vistas a A Toxa.
Praia de Canelas
Pequeña y resguardada. El secreto de los que llevan años viniendo y no lo cuentan.
Praia de Montalvo
Salvaje y extensa. Entre Sanxenxo y Portonovo, donde la ría empieza a ser océano.
El rey, los veleros y la Copa
Uno de los rasgos más singulares de Sanxenxo en el panorama del turismo español es la presencia veraniega de la familia real. Juan Carlos I — rey de España entre 1975 y 2014, figura que en los últimos años ha generado controversia suficiente para llenar varios artículos — lleva décadas pasando temporadas en Sanxenxo y compitiendo en las regatas que se celebran en la ría de Pontevedra. La Copa del Rey de Vela, que se celebra en las aguas frente a Sanxenxo con participación de embarcaciones de toda Europa, es uno de los eventos náuticos más importantes del calendario español y convierte el puerto deportivo de la ciudad en un espectáculo de velas, mástiles y actividad que dura varios días cada verano.
"En julio, Sanxenxo tiene playas, regatas y noches que duran hasta el desayuno. En febrero, tiene vecinos, silencio y la mejor merluza de la ría."
La presencia real ha contribuido a consolidar la imagen de Sanxenxo como destino de un turismo que mezcla lo popular con lo distinguido con la naturalidad que tiene la costa gallega para hacer convivir mundos distintos. En la misma semana en que los veleros de la Copa compiten frente al puerto, las familias con niños llenan Silgar con la misma despreocupación de siempre. Nadie parece encontrar la combinación especialmente extraña.
La noche de Sanxenxo
Si hay algo que distingue a Sanxenxo de cualquier otro municipio de O Salnés — o de la mayor parte de Galicia — es su vida nocturna estival. En julio y agosto, la zona de bares y discotecas que rodea el puerto deportivo y el centro de la villa se convierte en uno de los focos de ocio nocturno más activos de toda la cornisa atlántica española. No es una exageración ni una comparación forzada: Sanxenxo atrae en verano a un turismo joven de todo el noroeste peninsular que tiene en la noche del municipio uno de sus destinos específicos. Las terrazas se llenan al caer el sol. Los bares siguen hasta las cuatro. Las discotecas hasta que el amanecer hace innecesaria la iluminación artificial.
Esta dimensión nocturna tiene su base en una infraestructura de ocio construida durante décadas que no tiene equivalente en la región. Y tiene también su precio: el ruido, la masificación de agosto, los apartamentos que se reservan con seis meses de antelación y la transformación de algunos espacios del centro en zonas que en invierno tienen ese aspecto ligeramente fantasmal de los lugares diseñados para el verano y ahora vacíos. Es el dilema clásico del turismo estacional, y Sanxenxo lo conoce bien.
Portonovo, el otro lado
Sanxenxo y Portonovo son dos núcleos del mismo municipio separados por apenas dos kilómetros de costa, pero con caracteres distintos que sus respectivos habitantes defienden con el orgullo localista que Galicia practica a escala de parroquia. Portonovo es más tranquilo, más familiar, con un puerto pesquero activo que da al municipio ese anclaje en la realidad cotidiana que Sanxenxo a veces pierde de vista en agosto. La Praia de Montalvo, que comparten ambos núcleos, es uno de los mejores ejemplos de costa semivirgen que queda en la ría de Pontevedra: larga, con dunas, sin edificación en el frente de playa, con esa sensación de espacio que escasea en el litoral más urbanizado.
Octubre: la ciudad real
La mejor manera de entender Sanxenxo, paradójicamente, no es visitarla en agosto sino en octubre. Cuando los veraneantes se han ido, los apartamentos cerrado y la vida nocturna reducido a unos pocos locales donde se conocen todos, Sanxenxo recupera una escala y un ritmo que el verano oculta. Los pescadores siguen saliendo al amanecer. Las mujeres siguen marisqueando en la orilla con la marea baja. Los restaurantes que permanecen abiertos sirven el mismo marisco que en verano — el mismo, porque viene de la misma ría — a un precio que la temporada alta nunca permite y con una tranquilidad que la temporada alta nunca tiene.
Las playas vacías de octubre tienen una belleza distinta: más seria, más atlántica, menos decorativa. Silgar sin sombrillas muestra su forma real, que es extraordinaria. El paseo marítimo sin turistas permite ver la ría con la atención que merece. Y el viento que barre la costa con más energía que en julio recuerda, por si alguien lo había olvidado, que esto es el Atlántico — bello, generoso y completamente indiferente a los calendarios vacacionales.
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Sanxenxo es una ciudad de dos tiempos que ha aprendido a vivir con esa dualidad sin que ninguno de los dos la defina del todo. El verano la llena, la ilumina y la agota. El invierno la vacía, la serena y la devuelve a sí misma. Los diecisiete mil vecinos que la habitan todo el año conocen las dos versiones y saben cuál prefieren, aunque en agosto el turismo les dé la razón económica para no decirlo demasiado alto.