La única ciudad del mundo rodeada por una muralla romana completamente intacta — y que encima se puede caminar entera por arriba
Hay ciudades que tienen murallas romanas. Fragmentos, tramos, torres aisladas que los siglos han ido despiezando hasta dejar solo el recuerdo de lo que fue. Y luego está Lugo. La muralla romana de Lugo tiene dos kilómetros y trescientos metros de perímetro completo, con ochenta y cinco torres semicirculares, diez puertas de acceso y una altura media de diez metros que en algunos puntos supera los quince. Lleva en pie desde el siglo III después de Cristo. No tiene ninguna brecha, ningún tramo perdido, ninguna interpolación moderna que tape lo que el tiempo se llevó. Está entera. Completamente entera. Es la única muralla romana de ese tipo en el mundo, lo que en el año 2000 llevó a la UNESCO a declararla Patrimonio de la Humanidad con la prontitud de quien reconoce algo que no tiene competencia posible.
Lugo, la capital de la provincia más extensa y menos poblada de Galicia, tiene unos noventa mil habitantes y una posición geográfica de interior que la ha mantenido durante siglos al margen de los grandes flujos turísticos que recorren la costa. Eso, como en el caso de Betanzos o de Ourense, ha resultado ser una forma de preservación involuntaria: lo que no creció demasiado no se destruyó demasiado. El centro histórico de Lugo, contenido dentro de la muralla, conserva una escala y una coherencia que las ciudades que crecieron sin límites perdieron hace tiempo.
2,3 km
perímetro completo
85
torres semicirculares
10
puertas de acceso
s. III d.C.
construcción romana
La muralla: caminar sobre dos mil años
Lo que distingue a la muralla de Lugo de cualquier otro resto romano en España no es solo su conservación sino su uso. Se puede subir a ella. Hay un paseo de ronda que recorre el perímetro completo por la parte superior, a entre ocho y diez metros de altura, con vistas al casco histórico hacia dentro y a la ciudad moderna hacia fuera. Cualquier persona puede caminar los dos kilómetros y trescientos metros completos en menos de una hora, sobre los mismos sillares de pizarra y granito que los legionarios romanos pisaron en el siglo III, sin vallados, sin entradas de pago, sin la mediación de ningún sistema de visita organizada. La muralla de Lugo es patrimonio de la humanidad y al mismo tiempo el paseo cotidiano de los lugueños que salen a caminar por las tardes con sus perros.
Esa doble condición — monumento y espacio vivo — es lo que la hace única. No está cosificada en vitrina. Está en uso, con la normalidad de las cosas que han durado suficiente como para convertirse en paisaje. Los niños juegan en las escaleras de acceso. Las parejas se sientan en los pretiles a mirar la ciudad. Los corredores completan el circuito completo en veinte minutos con auriculares y sin detenerse demasiado en el hecho de que están corriendo sobre una obra de ingeniería militar del Imperio Romano en su época de máxima expansión. Es, en ese sentido, el monumento más democrático de Galicia.
"La muralla de Lugo lleva dos mil años en pie. Los lugueños llevan dos mil años usándola. Nadie ha encontrado razón para cambiar ninguna de las dos cosas."
Lucus Augusti: la ciudad que los romanos eligieron
Los romanos no construyeron Lugo por accidente. La ciudad fue fundada en torno al año 15 antes de Cristo, durante las Guerras Cántabras, como base militar y administrativa para el control del noroeste peninsular. La eligieron bien: un promontorio sobre el río Miño, con acceso a agua, visibilidad sobre los valles circundantes y una posición central desde la que controlar los territorios que acababan de conquistar. La llamaron Lucus Augusti — el bosque sagrado de Augusto, en honor al emperador que había ordenado la conquista — y la dotaron de las infraestructuras de una ciudad romana de primer orden: termas, foro, anfiteatro, acueducto y, sobre todo, la muralla que dos mil años después sigue definiendo su forma.
Las termas romanas de Lugo merecen mención especial porque, como las de Ourense, siguen funcionando. El manantial termal que los romanos aprovecharon debajo de la ciudad sigue produciendo agua caliente que hoy alimenta el balneario municipal situado sobre los restos de las termas originales. Bañarse en aguas termales en un edificio construido sobre unas termas romanas del siglo I es una de esas experiencias que la Historia ofrece con una generosidad que a veces uno no termina de agradecer como merece.
La catedral y el interior de la muralla
Dentro de la muralla, el casco histórico de Lugo tiene la densidad compacta de las ciudades que durante siglos no pudieron crecer más allá de sus límites defensivos. La catedral de Santa María, iniciada en el siglo XII en estilo románico y ampliada durante los siglos siguientes hasta incorporar elementos góticos, renacentistas y barrocos, es el edificio más importante del conjunto. Su interior guarda una de las reliquias más veneradas de Galicia: el Santísimo Sacramento expuesto de forma permanente, lo que convierte a Lugo en uno de los pocos lugares del mundo donde la eucaristía está expuesta a la adoración de forma continua, las veinticuatro horas del día, los trescientos sesenta y cinco días del año. Esta singularidad — la catedral nunca cierra, nunca apaga las velas del altar mayor — le otorga al edificio una atmósfera diferente a la de cualquier otra catedral gallega: hay siempre alguien dentro, en cualquier hora del día o de la noche, con esa presencia silenciosa que los espacios sagrados de uso continuado acumulan con el tiempo.
La Praza Mayor, flanqueada por el Ayuntamiento neoclásico y los soportales bajo los que la vida local discurre con independencia del clima, es el centro de gravedad del casco histórico. Las calles que irradian desde ella — la Rúa da Raíña, la Rúa do Miño, la Rúa Nova — tienen esa escala peatonal y esa mezcla de comercio local y arquitectura histórica que solo se consigue cuando una ciudad ha crecido orgánicamente dentro de un límite durante mucho tiempo.
La provincia: la Galicia que nadie visita
Lugo es la capital de la provincia más grande de Galicia — casi diez mil kilómetros cuadrados — y la menos densa en población y en turismo. Lo que eso significa en la práctica es una extensión enorme de Galicia interior casi sin explorar por el turismo convencional: aldeas de piedra con hórreos y cruceiros, valles del Miño y del Sil con viñedos y monasterios, la sierra de O Courel con sus bosques primigenios y sus aldeas semiabandonadas, la Mariña lucense al norte con una costa de acantilados que tiene la fuerza del Atlántico sin la masificación de las Rías Baixas.
La Terra Chá, la gran llanura interior de la provincia, es la Galicia más alejada de los estereotipos costeros: verde, ganadera, con el horizonte plano que en Galicia resulta casi exótico, productora de la leche que alimenta la industria láctea más importante de España. Las queserías artesanales de la zona producen el queso de tetilla y el queso San Simón — los dos quesos gallegos con denominación de origen — con una continuidad que el mercado global no ha interrumpido del todo.
El tapeo: la cultura del pulpo y el vino
Lugo tiene una tradición de tapeo que sus habitantes defienden con el convencimiento de quien sabe que tiene razón. La costumbre — que en algunos bares del centro equivale a recibir una tapa gratuita con cada consumición — existe en muchas ciudades españolas pero en Lugo tiene una escala y una variedad que la distinguen: el pulpo á feira, el lacón, las orejas, el caldo, los pimientos de Padrón y toda la cocina gallega de interior aparecen en formato de tapa en los bares que rodean la Praza Mayor y las calles del casco histórico con una generosidad que los visitantes encuentran sorprendente y los lugueños dan por descontada.
El pulpo á feira — cocido en caldeiro de cobre, cortado con tijeras sobre un tablero de madera, aliñado con aceite de oliva, sal gruesa y pimentón de la Vera — tiene en Lugo y en la provincia su versión más auténtica. Las pulpeiras que preparan el pulpo en las fiestas y mercados de la provincia lo hacen con una técnica transmitida durante generaciones que produce una textura — tierna pero con mordida, nunca blanda — que el pulpo congelado de los restaurantes de ciudad raramente consigue. En Lugo, el pulpo es un asunto serio.
El Camino Primitivo: el más antiguo de todos
Lugo es también una etapa fundamental del Camino Primitivo, la ruta jacobea más antigua históricamente — la que hizo el propio rey Alfonso II en el siglo IX cuando fue a visitar la tumba recién descubierta del apóstol. El Camino Primitivo entra en Galicia desde Asturias por los puertos de montaña, desciende hasta Lugo y continúa hacia Santiago cruzando el interior de la provincia. Es la ruta más dura, la menos transitada y la más valorada por los peregrinos que buscan el Camino antes de que el Camino se convirtiera en industria. Pasar por Lugo — dormir dentro de la muralla, cenar pulpo, caminar al amanecer por el paseo de ronda antes de retomar la ruta — es uno de esos momentos del Camino que se recuerdan con una claridad desproporcionada respecto al tiempo que duran.
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Lugo es una ciudad que tiene algo que ninguna otra ciudad del mundo puede ofrecer — esa muralla, entera, beige, en pie desde el siglo III — y que sin embargo no lo usa como argumento de venta agresivo ni lo convierte en el eje de una industria turística que lo vaciaría de significado. La muralla está ahí, como siempre ha estado, y la gente la usa para caminar, para sentarse, para mirar la ciudad desde arriba con la familiaridad de quien ha nacido dentro de ella. Eso, en un mundo donde el patrimonio histórico tiende a convertirse en decorado, es en sí mismo algo notable. Y cuesta la misma entrada que siempre: ninguna.