Donde la ría, la viña y la piedra llevan dos mil años poniéndose de acuerdo
Hay comarcas que son categorías administrativas y poco más. O Salnés no es una de ellas. Sus ocho municipios comparten algo más que un nombre y unos límites en el mapa: comparten una manera de entender el territorio, una economía que mira al mar y a la viña casi a partes iguales, y esa identidad acumulada que solo se consigue cuando un lugar lleva suficientes siglos siendo él mismo. El nombre, del latín salinae, lo dice todo sobre los orígenes: las salinas que los romanos explotaron en estas costas hace dos mil años dieron nombre a una comarca que hoy exporta Albariño y mejillones a medio mundo, pero que no ha olvidado de dónde viene.
O Salnés ocupa la orilla norte de la Ría de Arousa y la península que avanza hacia el sur hasta casi tocar las aguas por los cuatro costados. En total, algo más de trescientos kilómetros cuadrados donde conviven la costa más frecuentada del verano gallego con valles interiores de viñedo que en septiembre, durante la vendimia, tienen una luz y un olor que es difícil encontrar en ningún otro sitio.
La ría como eje
La Ría de Arousa es la columna vertebral de O Salnés. Con casi treinta kilómetros de longitud y una anchura que en algunos puntos supera los diez, es la ría más extensa de Galicia y una de las más productivas del mundo. No es una exageración: las aguas de la ría de Arousa, ricas en nutrientes gracias a los afloramientos atlánticos que suben desde el fondo oceánico, sustentan el mayor cultivo de mejillón en batea del planeta. Las bateas —esas plataformas flotantes de madera de las que cuelgan cientos de cuerdas con mejillón— puntúan la superficie de la ría como una ciudad flotante que trabaja en silencio. Desde la carretera costera, vistas al atardecer, tienen una geometría extraña y hermosa que ningún paisaje planificado podría imitar.
Pero el mejillón es solo el comienzo. La ría produce también almejas, berberechos, ostras, navajas y una variedad de marisco que abastece lonjas, restaurantes y mercados de toda España. Las mariscadoras —mujeres en su gran mayoría, con botas de agua y rastrillos, trabajando en la orilla con la marea baja— son una imagen tan característica del Salnés como los pazos o los hórreos. Un oficio antiguo, físicamente exigente, que se transmite de generación en generación con la misma naturalidad con que se transmite el idioma.
"La ría da. Siempre ha dado. La única condición es que haya alguien dispuesto a madrugar y mojarse los pies."
El viñedo y el Albariño
Si la ría es el mar de O Salnés, el viñedo es su tierra. La comarca alberga la mayor concentración de producción de la Denominación de Origen Rías Baixas, y dentro de ella la subzona Val do Salnés es la más extensa y representativa. La uva Albariño —que algunos documentos medievales asocian con monjes benedictinos que la trajeron desde el Rin a lo largo del Camino de Santiago— encontró aquí su terroir definitivo: suelos graníticos con buen drenaje, clima atlántico con suficiente sol de verano, y esa brisa de ría que modera las temperaturas y reduce los riesgos de la vendimia.
El resultado es un vino que no se parece a ningún otro blanco español. Aromático, de acidez viva y fresca, con notas que recuerdan al melocotón, la piel de pomelo y a veces la flor de azahar, el Albariño del Salnés tiene la capacidad de acompañar el marisco con una precisión que parece calculada, aunque en realidad es simplemente que ambos vienen del mismo sitio. El vino sabe a la misma brisa que salpica las bateas. El maridaje se produce solo.
Cambados es la capital simbólica de este mundo vinícola: sus bodegas, su plaza de Fefiñáns y su Fiesta del Albariño de agosto son el centro de gravedad de un universo que se extiende por los viñedos de Meaño, Ribadumia y Meis con una serenidad que contrasta con el bullicio del verano costero. A diez minutos del coche de las playas llenas de Sanxenxo, se puede estar en un viñedo en silencio absoluto, con la ría al fondo y las vides cargadas. Esa doble velocidad es una de las cosas más características de O Salnés.
El patrimonio que no pide atención
O Salnés tiene la costumbre, bastante gallega, de alojar un patrimonio histórico considerable sin hacer demasiado ruido al respecto. Los pazos —las casas señoriales de piedra con escudo en la fachada y capilla en el jardín— aparecen aquí y allá con la frecuencia de quien no sabe que son fotogénicos. Los cruceiros de granito marcan los cruces de caminos desde el siglo XV con una permanencia que los semáforos modernos nunca tendrán. Las iglesias románicas se esconden entre robles y eucaliptos. Y bajo algunos de esos campos de viñedo descansan, sin señalizar, los restos de asentamientos castreños que los arqueólogos van descubriendo con la lentitud característica de la financiación pública.
Vilanova de Arousa merece mención aparte por ser el lugar de nacimiento, en 1866, de Ramón María del Valle-Inclán: dramaturgo, novelista y figura central de la literatura española del siglo XX, cuya obra —y cuya barba, y cuya capa, y su brazo perdido en una disputa de café— sigue siendo una de las presencias más singulares en la historia de las letras hispánicas. La casa donde nació es visitable. La ría que contempló de niño sigue siendo la misma.
El verano y el resto del año
En julio y agosto, O Salnés cambia de ritmo. Sanxenxo se convierte en uno de los destinos más frecuentados del verano español, con playas que se llenan antes de las diez de la mañana y una vida nocturna que sorprende a quien llega esperando tranquilidad rural. O Grove recibe oleadas de turistas gastronómicos que llegan expresamente a comer marisco. Los campings, los apartamentos y los hoteles funcionan a plena capacidad.
Pero O Salnés en septiembre, en octubre, en marzo —cuando los turistas se han ido y queda solo la comarca con sus habitantes, su trabajo y su paisaje— es otro lugar. Más suyo. Más tranquilo. Las playas de Sanxenxo vacías tienen una belleza distinta, más austera. El puerto de O Grove a las siete de la mañana, con la lonja activa y la niebla sobre la ría, no necesita que nadie lo fotografíe para ser exactamente lo que es. La vendimia de septiembre en los viñedos de Cambados o Ribadumia tiene ese olor a mosto y tierra mojada que no se olvida fácilmente.
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O Salnés es, en definitiva, una comarca que funciona en todas las estaciones y a todas las velocidades. Se puede visitar en tres días o en tres semanas y siempre queda algo por ver, algo por comer, algún camino costero que no se había tomado antes. El mar y la viña siguen su diálogo de siglos con independencia de quién esté mirando. Y la ría de Arousa, impasible, refleja el cielo atlántico con esa generosidad que tienen los lugares que saben que no necesitan convencer a nadie.