El Caribe del Atlántico, el Parque Nacional con lista de espera y la mejor playa del mundo según quien la ha pisado
Hay lugares cuya reputación llega antes que ellos. Las Islas Cíes tienen esa condición desde que el diario The Guardian las eligió en 2007 como la mejor playa del mundo — un titular que en Galicia se recibió con la mezcla de orgullo y escepticismo que suele producir que alguien de fuera descubra lo que uno ya sabía. Los gallegos llevan generaciones yendo a las Cíes con la familiaridad de quien visita a un pariente cercano. Que el resto del mundo tardara en enterarse no sorprendió a nadie. Que cuando se enteró quisiera ir todo a la vez sí creó un problema que el Parque Nacional ha resuelto de la única manera sensata: limitando el acceso con una contundencia que a algunos les parece excesiva y que a quienes quieren que las Cíes sigan siendo las Cíes les parece exactamente lo necesario.
Las Cíes son tres islas — Monte Agudo al norte, O Faro en el centro y San Martiño al sur — situadas a doce kilómetros de la costa, cerrando la bocana de la Ría de Vigo como dos alas de granito que el Atlántico ha ido tallando durante millones de años. Monte Agudo y O Faro están unidas por un tómbolo de arena blanca — la Praia das Rodas — que crea una laguna interior de aguas completamente tranquilas en el lado este mientras el lado oeste recibe el océano abierto con toda su energía. San Martiño queda separada de las otras dos por un canal estrecho y es reserva integral: no se puede visitar. Las visitas se concentran en Monte Agudo y O Faro, que juntas tienen unos veinte kilómetros de senderos, tres playas principales, un camping, un restaurante y el faro que da nombre a la isla central.
Illa de Monte Agudo
La más septentrional. Donde está el embarcadero principal y la mayor parte de la infraestructura de visita. Conectada a O Faro por la Praia das Rodas.
Illa de O Faro
La central y la más alta. El faro en la cima a 186 metros. Los mejores senderos y las mejores vistas al Atlántico abierto. El corazón del archipiélago.
Illa de San Martiño
Reserva integral. Sin acceso para visitantes. Solo investigadores y guardaparques. La más salvaje y la más desconocida de las tres.
La Praia das Rodas: la playa que no necesita defensas
La Praia das Rodas es el tómbolo de arena blanca que une las dos islas habitables y que concentra la mayor parte de los visitantes del Parque Nacional. Tiene unos ochocientos metros de longitud, arena de un blanco que resulta sorprendente en el Atlántico norte, y aguas de dos colores completamente distintos según el lado: el este da a la laguna interior — agua turquesa, tranquila, de fondo arenoso visible, temperatura algo más alta que el océano abierto — y el oeste da directamente al Atlántico, con otro color, otro movimiento y otra temperatura que en julio sigue siendo lo que es: el Atlántico gallego, que no ha recibido el memorándum sobre el calentamiento global con la misma urgencia que el Mediterráneo.
La comparación con el Caribe que aparece en casi todos los textos sobre las Cíes es exacta en lo visual y completamente inexacta en lo térmico. El agua es turquesa, la arena es blanca, el fondo es visible. Pero la temperatura del agua en agosto ronda los dieciocho grados, que para los gallegos es perfectamente bañable y para los mediterráneos produce un vocabulario que prefiero no reproducir. Ese contraste — paisaje tropical, agua atlántica — es parte del carácter de las Cíes y parte de la razón por la que quien las visita tiene una experiencia que no se parece exactamente a nada que haya hecho antes.
"Las Cíes tienen el agua más turquesa del Atlántico y la temperatura más honesta del mismo océano. Ambas cosas son ciertas al mismo tiempo."
El límite de visitantes: la restricción como protección
El Parque Nacional de las Islas Atlánticas limita el número de visitantes diarios en las Cíes a dos mil doscientas personas. En temporada alta — julio y agosto — esas plazas se agotan con días, a veces semanas, de antelación. Las reservas se hacen online, con antelación obligatoria, y sin reserva no hay barco. No hay excepciones. Esta política, que en su momento generó protestas de quienes la encontraban excesivamente restrictiva, ha demostrado ser exactamente lo que las islas necesitaban: un mecanismo que preserva el ecosistema, mantiene la calidad de la visita y evita que las Cíes se conviertan en lo que inevitablemente se convertirían sin esa restricción.
El modelo tiene un precedente en las Galápagos, en las Maldivas, en otros archipiélagos donde la fragilidad del ecosistema obligó a elegir entre el acceso masivo y la preservación. Las Cíes eligieron la preservación, y el resultado es visible: el agua sigue siendo turquesa, las gaviotas siguen anidando en los acantilados, los cormoranes siguen pescando en el canal de San Martiño, y las playas siguen teniendo esa arena blanca que ningún proceso de erosión acelerada por el uso masivo ha conseguido degradar. La lista de espera que algunos encuentran frustrante es, en realidad, el precio de que las Cíes existan tal como son.
La fauna: los verdaderos propietarios
Las Cíes tienen dueños que nadie ha registrado en el catastro pero cuya propiedad nadie discute en la práctica: las gaviotas patiamarillas. La colonia de gaviotas patiamarillas de las Cíes es una de las más grandes de Europa — varios miles de parejas nidificantes que ocupan los acantilados del lado atlántico con una densidad y una determinación que hace que el visitante entienda rápidamente cuál de las dos especies está de visita. Las gaviotas anidan en el suelo entre marzo y julio, con un sentido territorial que cualquier senderista que se desvíe del camino marcado experimentará de manera directa e inequívoca.
Además de las gaviotas, las Cíes albergan colonias de cormoranes moñudos — uno de los pocos lugares del mundo donde se pueden observar a pocos metros —, araos, frailecillos en el estrecho de San Martiño y una variedad de aves marinas que convierte el archipiélago en uno de los mejores destinos de observación de aves de la Península Ibérica. Bajo el agua, los fondos rocosos albergan pulpos, congrios, espáridos y todo el elenco habitual de la fauna marina atlántica, con una visibilidad que la transparencia del agua hace excepcional. El buceo y el snorkel en las Cíes tienen una calidad que pocos puntos de la costa española igualan.
Los senderos y el faro
Las Cíes tienen unos veinte kilómetros de senderos señalizados que recorren el perímetro y el interior de las dos islas accesibles. El más espectacular es el que asciende desde el embarcadero hasta el faro de O Faro, a ciento ochenta y seis metros sobre el nivel del mar: una subida de unos cuarenta minutos por un camino empinado entre brezal y pinar que termina en el punto más alto del archipiélago, con vistas al Atlántico abierto por el oeste, a la Ría de Vigo y a la costa gallega y portuguesa por el este y, en días muy claros, a la silueta de la Serra do Gerês en Portugal al sur.
El cementerio de los ingleses — donde están enterrados los marineros del HMS Serpent que naufragó frente a la Costa da Morte en 1890 y cuyos restos fueron traídos a las Cíes — es uno de los puntos más sobrios y más cargados de historia del sendero. Una treintena de cruces blancas en el borde del acantilado, con el Atlántico debajo: el recordatorio de que este océano que hoy parece tan invitador en la Praia das Rodas tiene también la otra cara que los marineros del Serpent encontraron en noviembre, con temporal del noroeste y sin GPS.
Quedarse a dormir
Quien puede reservar plaza en el camping de las Cíes — las plazas son limitadas y se agotan con semanas de antelación en temporada — tiene acceso a una experiencia que el visitante de día nunca conoce: las islas después de que el último barco se haya ido. Las Cíes al atardecer, cuando los dos mil visitantes diarios han partido y quedan solo los campistas y el personal del parque, tienen una calidad de silencio y de luz que convierte la incomodidad de dormir en tienda de campaña en algo completamente irrelevante. El amanecer sobre la laguna, con la niebla todavía sobre el agua y las gaviotas comenzando su jornada antes que nadie, es uno de esos momentos que la gente describe como la razón por la que viajan.
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Las Cíes son el lugar de Galicia que más se aproxima a lo que la gente imagina cuando imagina una isla perfecta: arena blanca, agua turquesa, acantilados, fauna, senderos, silencio. Que ese lugar esté en el Atlántico norte, a doce kilómetros de una ciudad industrial de trescientos mil habitantes, con agua a dieciocho grados y gaviotas que anidan en el camino, lo hace si cabe más extraordinario. No es el Caribe. Es algo diferente y en algunos aspectos mejor: un ecosistema preservado en el borde de Europa, al que solo se llega en barco, con lista de espera, y que cada año recibe a sus doscientas mil personas anuales con la indiferencia soberana de quien sabe que seguirá estando aquí cuando todos se hayan ido.