La isla que todavía tiene habitantes, todavía tiene contrabandistas en la memoria y todavía tiene el Atlántico por los cuatro costados
La Isla de Ons tiene cuatro kilómetros de largo, dos de ancho y la capacidad de hacer que quien la visita entienda de golpe qué significa estar en una isla de verdad. No en una isla de resort con piscina y traslado en lancha rápida, sino en una isla atlántica de granito y brezal, con un faro en el punto más alto, un pueblo de casas blancas donde viven unas pocas familias durante el verano, acantilados que el océano ha tallado durante millones de años y playas de arena fina que en julio reciben turistas desde Sanxenxo y Pontevedra y en octubre se quedan completamente solas con el viento y las gaviotas. Ons pertenece al Parque Nacional de las Islas Atlánticas desde 2002. Antes de eso perteneció, en distintas épocas, a monjes, a nobles, a pescadores, a contrabandistas y al Estado español. Como muchas islas gallegas, su historia es más larga y más turbia de lo que su aspecto tranquilo sugiere.
La isla se encuentra frente a la bocana de la Ría de Pontevedra, a unos ocho kilómetros de la costa de Sanxenxo y Portonovo. Solo se llega en barco — desde Sanxenxo, Portonovo, Bueu o Vigo, según la temporada — y el número de visitantes está limitado por el Parque Nacional para proteger el ecosistema. En temporada alta, las plazas en los barcos se agotan con días de antelación. Esa restricción, que a algunos les parece un inconveniente logístico, es en realidad la razón por la que Ons sigue siendo lo que es: una isla que no ha sido devorada por el turismo de masas precisamente porque hay un límite a cuánta gente puede estar en ella al mismo tiempo.
El archipiélago de Ons
Ons no está sola. Forma parte de un pequeño archipiélago que incluye la isla de Onza — su vecina inmediata al sur, separada por un estrecho canal, deshabitada y reserva integral del Parque Nacional — y varios islotes menores. Juntas forman uno de los cuatro archipiélagos del Parque Nacional de las Islas Atlánticas, junto con las Cíes, Sálvora y Cortegada. Cada uno tiene su carácter: las Cíes son más espectaculares y más conocidas, Sálvora es la más salvaje e inaccesible, Cortegada la más pequeña. Ons es la más habitada, la más equilibrada entre naturaleza y presencia humana, y la que mejor combina la belleza atlántica con la posibilidad de una visita de un día que incluya playa, senderismo y bocadillo al sol.
Las playas
Ons tiene playas en su cara este — orientada hacia la ría y protegida del Atlántico abierto — que en los días buenos tienen una calidad de agua y arena que pocas playas del continente pueden igualar. El agua es fría, como siempre en el Atlántico gallego, pero transparente con esa transparencia específica de los sitios donde no hay coches, no hay edificios en el frente de playa y el fondo arenoso no ha sido removido por miles de bañistas durante décadas.
Praia de Melide
La más grande y la más frecuentada. Arena fina, aguas tranquilas de ría. El destino principal de los turistas que llegan en barco por la mañana.
Praia de Canexol
Más pequeña y más recogida. El secreto de quien conoce la isla y prefiere menos gente y más silencio.
Praia de Pereiró
Al norte, más expuesta. Para quien quiere playa sin compañía y sin la protección de la ría. El Atlántico en su versión más directa.
El lado atlántico: los acantilados y el Buraco do Inferno
La cara oeste de Ons — la que mira directamente al Atlántico abierto — es completamente distinta a las playas tranquilas del lado de la ría. Acantilados de hasta cincuenta metros de altura, roca de granito trabajada por millones de años de oleaje, corrientes que hacen imposible el baño y una belleza austera y sin concesiones que el turismo de playa no busca pero que quien la encuentra no olvida. Los senderos que recorren el perímetro de la isla pasan por este lado occidental y ofrecen vistas al Atlántico abierto — sin tierra visible hasta América — que tienen esa escala que el océano produce cuando uno se encuentra con él sin nada interpuesto.
El punto más famoso del litoral occidental de Ons es el Buraco do Inferno — el Agujero del Infierno — una sima de origen erosivo en los acantilados donde el oleaje entra por debajo de la roca y emerge convertido en géiser irregular, con una fuerza y un ruido que en días de mar de fondo resultan espectaculares y en días tranquilos resultan simplemente bonitos. El nombre lo pusieron pescadores que lo frecuentaban y que tenían, como todos los que trabajan cerca del océano, un sentido del humor que se alimenta del respeto.
"En el lado atlántico de Ons no hay playas ni chiringuitos. Solo roca, océano y la distancia exacta hasta América."
El pueblo y los habitantes
Ons tiene un núcleo habitado — el aldea de Ons, en el centro de la isla — donde hasta mediados del siglo XX vivían de forma permanente varios cientos de personas dedicadas a la pesca. El éxodo rural y las dificultades de la vida insular redujeron esa población hasta casi desaparecer: hoy quedan unas pocas familias que viven en la isla durante los meses de verano y la abandonan en otoño cuando los barcos dejan de ser regulares. Las casas blancas del pueblo, el pequeño bar que sirve bocadillos y Albariño en verano, la iglesia y el cementerio — donde las lápidas cuentan historias de vidas pasadas completamente en esta isla — componen un conjunto que tiene la melancolía específica de los lugares que fueron más y que conservan la arquitectura de lo que fueron sin la gente que lo llenaba.
La historia de Ons incluye también un capítulo menos bucólico: el contrabando. La posición de la isla frente a la costa, su red de cuevas y calas accesibles solo desde el mar y la dificultad de vigilancia que siempre tiene una isla pequeña la convirtieron durante décadas en uno de los puntos de la llamada ruta del Atlántico para el tráfico de tabaco primero y de otras mercancías después. Las Rías Baixas en general — y las islas en particular — tienen en su historia reciente ese capítulo que los lugareños conocen, que los libros de historia regional documentan con discreción y que el turismo actual ha convertido en parte del folklore local con la distancia que da el tiempo y la legalización de lo que antes era ilegal.
El faro y las vistas
En el punto más alto de Ons, a ciento veintiocho metros sobre el nivel del mar, el faro de Ons lleva en funcionamiento desde 1926 orientando la navegación en la bocana de la Ría de Pontevedra. La subida desde el pueblo hasta el faro — unos cuarenta minutos a pie por un sendero señalizado — es el paseo más recomendado de la isla y el que mejor recompensa el esfuerzo: desde la cima se ve la ría entera, las costas de Sanxenxo y Portonovo, la isla de Onza al sur, y en días muy claros las Cíes al norte y la costa portuguesa al sur. Es uno de esos miradores naturales que produce en el visitante esa sensación de haber ganado perspectiva en sentido literal y ligeramente también en sentido figurado.
Cómo llegar y cuándo ir
La logística de Ons es parte de su carácter. Los barcos salen desde Sanxenxo, Portonovo y Bueu con horarios que dependen de la temporada y de las condiciones del mar — el Atlántico no negocia horarios — y el billete de regreso hay que comprarlo con antelación porque las plazas son limitadas y en agosto se agotan. Quien pierde el último barco duerme en la isla, lo que en principio es un problema y en la práctica puede ser la mejor parte del viaje: Ons al atardecer, cuando los turistas del día se han ido y quedan solo los que se quedan a dormir en el pequeño camping o en el albergue del pueblo, tiene una calidad de silencio y de luz que la visita de un día nunca alcanza a conocer.
Septiembre es el mejor mes. El verano ha dejado de ser el verano, los turistas son menos, el agua del Atlántico ha acumulado el calor de los meses anteriores y está en su temperatura máxima — fría de todos modos, pero menos que en junio — y la luz de finales de verano sobre el granito y el brezal tiene esa calidad densa y dorada que las islas atlánticas guardan para quienes tienen la paciencia de esperar a que se quede la temporada.
· · ·
Ons es la isla atlántica gallega que más se parece a lo que una isla atlántica gallega debería ser: sin resort, sin carreteras asfaltadas, con sus cuatro kilómetros de senderos y sus acantilados y sus playas y su pueblo medio vacío y su faro en la cima y el océano por todas partes. No es la más famosa — las Cíes tienen esa corona — ni la más salvaje — Sálvora no deja entrar a casi nadie —, pero tiene el equilibrio exacto entre naturaleza y presencia humana que hace que la visita se sienta como un descubrimiento en lugar de una excursión. El barco sale por la mañana. El último vuelve por la tarde. Lo que pase en el medio depende completamente de uno.