Una península, un pueblo y un apodo que lleva siglos siendo un honor disfrazado de insulto
En Galicia, el apodo colectivo de un pueblo no es un accidente: es un veredicto. Cada municipio carga con el suyo como con el escudo de armas, con una mezcla de resignación y orgullo que solo entienden quienes lo han llevado toda la vida. A los de O Grove les tocó ser los Mecos. Y los Mecos, hay que decirlo, lo han llevado de maravilla.
El origen exacto del apodo se pierde, como tantas cosas en Galicia, en esa zona borrosa donde la historia termina y la leyenda empieza. Una de las versiones más extendidas cuenta que pescadores de O Grove, al ver encallar en la costa un animal marino de gran tamaño que nunca antes habían visto —un cachalote, según unos; algo menos identificable, según otros—, lo confundieron con una criatura sobrenatural y organizaron una resistencia colectiva que, vista desde fuera, resultó cuando menos pintoresca. La criatura, ajena al alboroto, hizo lo que hacen las criaturas marinas encalladas: murió en la playa sin entender muy bien qué había pasado. Los vecinos de los municipios colindantes tomaron nota, y el apodo quedó.
Otra variante, más terrenal, apunta simplemente a que la palabra meco designaba en el gallego antiguo a alguien tosco, rústico, poco refinado en sus modales. El tipo de descripción que los habitantes de tierra adentro aplicaban con generosidad a cualquiera que viviera demasiado cerca del mar y oliera demasiado a marisco. En ese sentido, ser meco era casi inevitable si uno nacía en una península rodeada de ría y se pasaba la vida faenando.
"Llamarle meco a alguien de O Grove es como llamarle marinero: técnicamente podría ser un insulto, pero nadie lo toma como tal."
La península que casi es una isla
Para entender a O Grove y a sus Mecos hay que entender primero la geografía. O Grove ocupa una península que se adentra en la ría de Arousa como si quisiera llegar a algún sitio y nunca del todo lo consiguiera. Por tres lados, agua. Por el cuarto, una lengua de tierra que la une al resto de Galicia con la discreción de quien preferiría no necesitarla. Esta condición casi insular ha moldeado el carácter del lugar durante siglos: una comunidad que miraba al mar para todo, que dependía de la marea para comer, que aprendió a leer el tiempo con la precisión que da la necesidad.
El resultado es un pueblo con identidad fuerte, humor propio y una relación con el entorno que los foráneos tardan un poco en descifrar. Los groveños —los Mecos— tienen fama de directos, de poco dados a los formalismos y muy dados a opinar. Atributos que en cualquier otro contexto se llamarían virtudes y que en la historia oral de la región se convirtieron, con algo de envidia disfrazada de sorna, en material de leyenda.
El marisco como identidad
Si A Toxa es la isla del hotel y el jabón, y A Lanzada es la playa del ritual y el viento, O Grove es el pueblo del marisco. Sin matices ni circunloquios. La Fiesta del Marisco de O Grove, celebrada cada octubre desde 1963, es uno de los eventos gastronómicos más concurridos de Galicia: decenas de miles de visitantes llegan durante varios días a comer percebes, nécoras, centollos, ostras, mejillones, vieiras y todo lo que la ría de Arousa produce con esa abundancia que los Mecos llevan siglos sabiendo aprovechar.
El puerto de O Grove es uno de los más activos de la ría. Las lonjas, las bateas de mejillón que puntean el agua como una ciudad flotante, las mariscadoras trabajando en la orilla con la marea baja: todo forma parte de una economía marítima que no es folclore ni decorado turístico, sino el modo de vida real de una parte considerable de la población. Cuando un groveño dice que el marisco de aquí es el mejor del mundo, no está haciendo publicidad. Está describiendo su realidad con la modestia relativa de quien simplemente sabe lo que tiene.
El apodo como escudo
Hoy, la palabra Meco es en O Grove mucho más insignia que ofensa. Hay bares que se llaman así, camisetas con el nombre, referencias locales que lo usan con la familiaridad de quien lleva décadas conviviendo con algo y ha decidido que si no puede quitárselo de encima, al menos puede llevarlo con estilo. Es el mismo proceso por el que muchos apodos populares acaban convirtiéndose en marcas identitarias: el insulto original se vacía de veneno y queda solo la pertenencia.
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Hay algo en el carácter de O Grove —en esa mezcla de pragmatismo marinero, humor seco y orgullo tranquilo— que hace que el apodo encaje perfectamente. Los Mecos no necesitan que nadie les explique quiénes son. Llevan viviendo en una península rodeada de agua desde antes de que existieran los municipios, los registros y los turistas. Han visto llegar muchas cosas desde el mar. Las han aprovechado, las han cocinado, y las han servido con un buen Albariño. Eso, en el fondo, es todo lo que hay que saber.