Verde, atlántica, antigua y completamente ella misma
Galicia no se explica bien en una frase. Tampoco en dos. Es una tierra que acumula capas —celtas, romanas, suévas, medievales, emigrantes, retornadas— con la indiferencia tranquila de quien sabe que ninguna de ellas es la definitiva. Ha sido conquistada varias veces, olvidada algunas más, y ha seguido siendo esencialmente la misma: verde, húmeda, orgullosa de su lengua, desconfiada de las prisas y profundamente convencida de que en ningún otro sitio se come tan bien.
Situada en el extremo noroeste de la Península Ibérica, Galicia comparte frontera con Portugal al sur y con Asturias y Castilla y León al este. Al norte y al oeste, el Atlántico. Esa posición de esquina —o de umbral, según se mire— ha determinado todo: el clima, la economía, el carácter, la historia de emigración y la intensidad con la que sus habitantes sienten el concepto de morriña, esa nostalgia específicamente gallega que no tiene traducción exacta porque en ningún otro lugar se siente exactamente igual.
El paisaje que lo explica todo
Para entender Galicia hay que entender primero su geografía. No es un paisaje cómodo ni sencillo. El interior es montañoso, con sierras que superan los dos mil metros en el este y valles profundos cortados por ríos como el Miño, el Sil o el Ulla. La costa es la más recortada y compleja de España: más de mil cuatrocientos kilómetros de acantilados, playas, estuarios e islas, conformando las rías que son la seña de identidad más reconocible del país.
El verde que sorprende a casi todos los visitantes no es casualidad ni decorado: es consecuencia directa de la lluvia. Galicia es una de las regiones más lluviosas de Europa occidental. Santiago de Compostela, su capital, recibe una media de 1.800 litros por metro cuadrado al año. La lluvia ha moldeado el paisaje, ha determinado la agricultura y ha dejado una huella profunda en la cultura y en el humor gallego, que tiende a ver el lado irónico de las cosas con una coherencia que solo da la práctica.
"En Galicia nunca llueve. Simplemente, el cielo a veces decide participar en la conversación."
Una lengua, una identidad
El gallego no es un dialecto del español ni una variante regional: es una lengua románica con raíces en el latín vulgar que durante la Edad Media fue la lengua de la lírica peninsular, la lengua en la que el rey Alfonso X el Sabio eligió escribir sus Cantigas de Santa María. Del tronco común del galaico-portugués medieval brotaron tanto el gallego como el portugués moderno, dos lenguas hermanas que se reconocen a distancia y que hoy tienen más de doscientos millones de hablantes entre ambas.
Hoy el gallego convive con el español en la vida cotidiana con distinta proporción según la zona —más presente en el rural, más mezclado en las ciudades— pero con una vitalidad que las últimas décadas han reforzado: literatura, música, cine, redes sociales, administración. Escuchar gallego en O Grove, en Cambados o en Santiago no es encontrarse con una reliquia: es encontrarse con una lengua viva que la gente usa porque quiere.
Celtas, romanos y peregrinos
La historia de Galicia empieza mucho antes de España. Los pueblos castrexos —los galaicos, de raíz celta o protocelta— dejaron por toda la región los restos de sus castros: asentamientos circulares en lo alto de los montes que hoy asoman entre la vegetación como cicatrices de piedra. Los romanos llegaron en el siglo II a.C., fundaron ciudades como Lucus Augusti —la actual Lugo, cuya muralla romana es Patrimonio de la Humanidad— y explotaron las minas de oro del noroeste con una eficiencia que aún impresiona.
Después vinieron los suevos, que establecieron en Galicia su propio reino durante casi dos siglos. Después los visigodos. Y después, a partir del siglo IX, algo que cambiaría la geografía simbólica de toda Europa: el descubrimiento de la tumba del apóstol Santiago en lo que hoy es Santiago de Compostela, y la construcción de una catedral que convirtió la ciudad en el destino de peregrinación más importante de la cristiandad medieval. El Camino de Santiago —en realidad una red de caminos que llegan desde toda Europa— sigue siendo hoy uno de los fenómenos espirituales y culturales más singulares del continente. Cada año, cientos de miles de personas de todo el mundo llegan a pie, en bicicleta o a caballo a la Plaza del Obradoiro. Algunos vienen por fe. Otros por deporte. Otros porque simplemente necesitaban caminar hacia algo.
La diáspora y la morriña
Galicia es también una tierra de emigrantes. Durante los siglos XIX y XX, cientos de miles de gallegos partieron hacia América —Argentina, Cuba, Venezuela, Brasil— en busca de lo que la tierra no podía darles. Tantos llegaron a Buenos Aires que el español rioplatense incorporó la palabra gallego como sinónimo genérico de inmigrante español. En La Habana, los centros gallegos fundados por aquella emigración siguen en pie. En Caracas, en Montevideo, en São Paulo.
Los que se fueron nunca dejaron del todo de ser de aquí. Y los que se quedaron nunca dejaron del todo de echarles de menos. De esa tensión entre la partida y la pertenencia nació la morriña: esa melancolía específica del gallego lejos de Galicia que Rosalía de Castro, la gran poeta del siglo XIX, convirtió en literatura de primer orden. La morriña no es tristeza exactamente. Es más bien la certeza de que, independientemente de dónde uno esté, hay un sitio que es más suyo que cualquier otro. Para los gallegos, ese sitio tiene rías, lluvia y pulpo.
La mesa gallega
Sería una omisión imperdonable hablar de Galicia sin hablar de su cocina. La gastronomía gallega es una de las más sólidas y reconocidas de España, construida sobre dos pilares que el territorio proporciona con generosidad: el mar y la tierra. Del mar llegan los percebes, las nécoras, los centollos, las vieiras, los mejillones, los pulpos, las almejas y toda la abundancia de las rías y el Atlántico. De la tierra, el cerdo en todas sus formas —el lacón, el chorizo, la zorza—, las verduras como el grelo o la berza, y el maíz que llegó de América y se quedó para siempre.
El pulpo á feira —cocido, cortado con tijeras sobre un tablero de madera, aliñado con aceite, sal gruesa y pimentón— es quizás el plato más representativo, el que aparece en todas las fiestas y romerías con la puntualidad de lo imprescindible. La empanada, los pimientos de Padrón, el caldo gallego, la tarta de Santiago: cada uno de estos platos cuenta algo sobre el lugar que los inventó. Y el Albariño, ese vino blanco atlántico que huele a mar y a fruta al mismo tiempo, los acompaña todos con una naturalidad que hace difícil imaginar la mesa gallega sin él.
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Galicia no es fácil de resumir porque no aspira a serlo. Es un lugar que requiere tiempo, que mejora con cada visita, que revela algo nuevo cada vez que uno cree haberlo entendido. Verde en enero, dorada en agosto, misteriosa en noviembre. Con meigas o sin ellas —haberlas, haylas, dice el refrán con una ambigüedad perfectamente gallega— es una tierra que deja huella. Y que, si uno no tiene cuidado, acaba produciendo su propia versión personal de morriña.