Un pimiento, una poeta y una barca de piedra — tres razones por las que este pueblo del valle del Sar importa más de lo que su tamaño sugiere
Padrón es un pueblo de unos ocho mil habitantes en el valle del río Sar, a veintidós kilómetros de Santiago de Compostela, y tiene una influencia cultural y gastronómica absolutamente desproporcionada respecto a su tamaño. Es el lugar donde según la tradición jacobea amarró la barca de piedra que transportó el cuerpo del apóstol Santiago desde Jerusalén — convirtiendo a Padrón en el primer punto de tierra gallega que toca la historia del Camino antes de que el Camino existiera. Es el pueblo donde nació en 1837 Rosalía de Castro, la poeta que inventó la literatura gallega moderna y que ocupa en la cultura de Galicia un lugar que ningún otro escritor ha conseguido disputarle. Y es el origen del pimiento de Padrón, ese vegetal pequeño y traicionero que ha conquistado las tapas de media España con la promesa implícita de que la mayoría son suaves pero alguno pica, y que nadie sabe cuál hasta que lo muerde. Tres hechos, tres argumentos, un pueblo que los lleva todos con la sencillez de quien no necesita anunciarse.
La barca de piedra: el origen del Camino
La conexión de Padrón con el Camino de Santiago es anterior al propio Camino. Según la tradición, después de la decapitación del apóstol Santiago en Jerusalén en el año 44, sus discípulos Teodoro y Atanasio transportaron el cuerpo en una barca que llegó milagrosamente a la desembocadura del río Sar, en lo que hoy es Padrón. La barca amarró a una piedra — el pedrón del que algunos derivan el nombre de la villa — y los discípulos desembarcaron para buscar sepultura para los restos del apóstol en el interior del territorio galaico. Esa piedra de amarre, el Padrón, se conserva hoy debajo del altar de la iglesia de Santiago de Padrón, visible a través de un cristal, con la veneración discreta de una reliquia que no es el cuerpo del santo pero es el principio de la historia que llevó a construir la catedral de Santiago.
La dimensión legendaria de este relato — la barca de piedra, los ángeles guías, la travesía desde Palestina — pertenece al mismo género narrativo que la aparición de la tumba en el siglo IX: la leyenda que convierte un hecho religioso en geografía, que ancla lo sagrado en un lugar concreto y que da a ese lugar una importancia que la historia posterior no hace sino confirmar. Padrón no es Santiago de Compostela, pero es donde empieza la historia que llevó a Santiago a ser lo que es. Eso, para un pueblo de ocho mil habitantes, no está mal.
Rosalía de Castro: la voz de Galicia
El 24 de febrero de 1837, en Padrón, nació María Rosalía Rita de Castro, hija ilegítima de un clérigo y de una mujer de familia hidalga que la crió sola con la dificultad social que esa condición implicaba en la España del siglo XIX. Esa infancia marcada por la ilegitimidad, la pobreza relativa y el desarraigo — pasó años en Santiago con familia materna, volvió a Padrón, se movió entre Galicia y Madrid — dejó en su escritura una huella de la que nunca se separó: la melancolía del que no pertenece del todo a ningún sitio, la morriña de la ausencia, el dolor de lo que se va y no vuelve.
Rosalía publicó en 1863 Cantares Gallegos, el libro que inauguró oficialmente la literatura gallega moderna — el Rexurdimento, el renacimiento cultural de Galicia — en una época en que escribir en gallego era un acto político tanto como literario. El castellano era la lengua del poder, de la administración, de la cultura oficial. El gallego era la lengua del campo, de los pobres, de lo que España miraba hacia abajo. Rosalía eligió escribir en gallego con la convicción de quien sabe que una lengua que no se usa en la literatura está condenada. Tenía veintiséis años.
"Rosalía no resucitó el gallego. Demostró que nunca había muerto — solo que nadie con talento suficiente se había atrevido a escribir en él."
Su obra en gallego — Cantares Gallegos y Follas Novas — y su obra en castellano — En las orillas del Sar, escrito precisamente en Padrón — la establecen como una de las grandes figuras de la literatura española del siglo XIX, comparable en importancia a Bécquer y en muchos aspectos más moderna que él. Murió en Padrón el 15 de julio de 1885, con cuarenta y ocho años, de un cáncer que llevaba tiempo ignorando con la terquedad de quien tiene todavía cosas que escribir. Sus últimas palabras, según el relato familiar, fueron una petición de que le abrieran la ventana para ver el mar — que desde Padrón no se ve, pero que Rosalía llevaba dentro desde siempre.
La casa donde vivió sus últimos años en Padrón — la Casa Museo Rosalía de Castro, en A Matanza — es hoy uno de los museos literarios más visitados de Galicia: una casa de labranza del siglo XIX conservada con sus muebles, sus objetos, su jardín y esa atmósfera específica de los hogares de escritores que la muerte ha convertido en santuario. El día de Galicia, el 25 de julio — la misma fecha que el Día de Santiago — comienza con una ofrenda floral ante su estatua en el Parque de la Alameda de Santiago. Es el único homenaje civil que se incorporó al calendario oficial de celebraciones gallegas con la misma naturalidad con que uno reconoce lo obvio.
El pimiento de Padrón: los unos pican y los otros non
El tercer argumento de Padrón es el más sabroso y el más democrático. El pimiento de Padrón — pemento de Padrón en gallego, con Indicación Geográfica Protegida desde 2009 — es una variedad de pimiento pequeño, de unos cinco centímetros, de color verde brillante, que se cultiva en los huertos del valle del Sar desde que los monjes del convento franciscano de Herbón lo trajeron de América en el siglo XVI. Durante cuatro siglos fue el pimiento local de Padrón y sus alrededores. En las últimas décadas se convirtió en uno de los productos gastronómicos más reconocibles de España.
La preparación es de una sencillez que resulta casi provocadora: los pimientos se fríen enteros en abundante aceite de oliva hasta que la piel se ampolla, se sacan, se espolvorean con sal gorda y se sirven inmediatamente, todavía chisporroteando. No hay más. La complejidad viene del azar: la mayoría de los pimientos de Padrón son suaves, casi dulces, con ese sabor vegetal limpio de un pimiento joven recién frito. Pero uno de cada diez — o uno de cada cinco, o uno de cada tres, según la temporada, el cultivo y factores que nadie ha conseguido predecir con certeza — pica. No avisa. No tiene aspecto diferente. Se mete en la boca y entonces se sabe.
Esa lotería gastronómica — que el refrán gallego resume en os pementos de Padrón, uns pican e outros non — es parte esencial de la experiencia. La tapa de pimientos de Padrón no es solo comida: es un pequeño juego de azar que en las mesas gallegas convierte cada ronda en una pequeña aventura compartida. Quien pica con un pimiento especialmente fuerte lo anuncia con una expresión que varía entre la sorpresa y la indignación, y los demás ríen con la solidaridad de quien sabe que le puede tocar en el siguiente. Es, en ese sentido, el aperitivo más sociable que existe.
El Camino Portugués y la última etapa
Padrón tiene también una posición privilegiada en el Camino Portugués: es la penúltima etapa antes de Santiago, el lugar donde los peregrinos que vienen desde Tui y desde Porto hacen su última noche antes de la llegada. La tradición jacobea que sitúa aquí el primer desembarco del cuerpo del apóstol convierte a Padrón en un punto doblemente cargado para el peregrino devoto: no solo es la última parada antes del destino, sino el lugar donde, según la leyenda, todo empezó. Llegar a Padrón por el Camino y saber que al día siguiente se llega a Santiago tiene una dimensión narrativa que los veintidós kilómetros finales hacen sentir con intensidad.
· · ·
Padrón es uno de esos pueblos que merecen más atención de la que reciben. No tiene catedral ni muralla romana ni playa. Tiene la piedra donde amarró una barca legendaria, la casa donde vivió y murió la mayor poeta en lengua gallega de todos los tiempos, y el pimiento que ha conquistado las tapas de media España con la honestidad radical de no avisar cuándo pica. Tres cosas completamente distintas que en cualquier otro lugar serían más que suficientes para una identidad sólida. En Padrón las tres conviven con la naturalidad de un pueblo que lleva siglos siendo más de lo que parece y no tiene prisa en explicárselo a nadie.