La ciudad más pequeña de España con catedral propia — y la que mejor ha guardado el secreto de que eso importa
Mondoñedo tiene unos cuatro mil habitantes, una catedral románica del siglo XIII que domina la plaza mayor con una desproporción arquitectónica que hace que el visitante se detenga a comprobar que está mirando lo que cree que está mirando, y la distinción de ser probablemente la ciudad episcopal más pequeña y mejor conservada de España. Está en el interior de la provincia de Lugo, en un valle rodeado de montañas que en los días de niebla — que en esta parte de Galicia no son pocos — parece recortado del resto del mundo con una precisión que la geografía raramente consigue. Mondoñedo no está en el camino de ningún sitio en particular. Hay que ir a Mondoñedo para llegar a Mondoñedo. Y quien hace ese esfuerzo encuentra una de las ciudades medievales más intactas de Galicia, con el silencio y la escala de un lugar que el siglo XX pasó de largo sin detenerse demasiado.
La ciudad fue durante siglos la sede del obispado de Mondoñedo, uno de los más antiguos de Galicia, con jurisdicción sobre buena parte del norte de la provincia de Lugo. Esa condición episcopal le dio durante la Edad Media y la Edad Moderna una importancia institucional y cultural que su tamaño no sugería: obispos, canónigos, escribanos, libreros, impresores y todos los oficios que rodean a una sede eclesiástica importante convivieron aquí durante siglos dando a la ciudad una densidad intelectual y artística que sus cuatro mil habitantes actuales guardan en los edificios y en la memoria colectiva con más naturalidad de la que uno esperaría.
La catedral: grande para la plaza, enorme para la ciudad
La catedral de Mondoñedo es el edificio más impresionante de la ciudad y uno de los más singulares de Galicia no por su tamaño — es más pequeña que las catedrales de Santiago, Lugo o Tui — sino por su relación con el entorno inmediato. La plaza de la Catedral de Mondoñedo es compacta, rodeada de casas de piedra con soportales bajos, y la fachada románica-gótica de la catedral la ocupa entera con una presencia que en un espacio mayor perdería fuerza y que aquí, con las casas apretadas a los lados, resulta aplastante en el mejor sentido de la palabra. Es una de esas proporciones urbanas que el Medievo conseguía sin calculadoras: el edificio sagrado que domina el espacio civil no por altura sino por masa y por posición.
La catedral fue iniciada en el siglo XIII sobre los restos de una iglesia anterior y construida en varias fases durante los siglos XIII y XIV. Su fachada principal, con dos torres asimétricas y un rosetón central, tiene esa austeridad del románico tardío gallego que no necesita ornamentación para imponerse. El interior guarda varias piezas de interés excepcional: un retablo flamenco del siglo XVI de una calidad que sorprende encontrar en una ciudad de este tamaño, pinturas murales medievales recuperadas en restauraciones recientes que cubren partes de los muros con escenas de una viveza cromática extraordinaria, y una talla románica de la Virgen — la Virgen Inglesa, llamada así porque según la tradición fue traída de Inglaterra por los monjes que huían de la Reforma anglicana — que los mindonienses veneran con esa intensidad específica que tienen las imágenes religiosas que llevan siglos en el mismo sitio.
"La catedral de Mondoñedo ocupa la plaza entera. La plaza ocupa el pueblo entero. El pueblo ocupa el valle entero. Todo encaja con una precisión que parece planeada."
Álvaro Cunqueiro: el mago de Mondoñedo
Si Padrón tiene a Rosalía, Mondoñedo tiene a Álvaro Cunqueiro. Nacido aquí en 1911 y fallecido en Vigo en 1981, Cunqueiro es uno de los grandes escritores en lengua gallega y española del siglo XX y, para muchos lectores que lo descubren, una de las revelaciones más completas de la literatura peninsular del pasado siglo. Poeta, novelista, periodista, gastrónomo, mitólogo doméstico y fabulador de primera categoría, Cunqueiro construyó una obra que mezcla la materia de Bretaña con la Galicia rural, el medievo artúrico con las tabernas de la Mariña lucense, Merlín con los campesinos gallegos, con una naturalidad que solo consiguen los escritores que no distinguen entre lo imaginado y lo vivido porque para ellos ambas categorías pertenecen al mismo mundo.
Su novela Merlín e familia, escrita en gallego en 1955 durante el franquismo — cuando escribir en gallego era un acto de resistencia cultural —, sitúa al mago Merlín en una casa solariega de Miranda, en la Terra de Lugo, rodeado de una corte de personajes locales que consultan sus poderes con la misma naturalidad con que irían al médico o al escribano. Es una de las obras más originales de la literatura gallega y una de las más difíciles de traducir porque su humor, su melancolía y su geografía imaginaria son intraducibles sin pérdida. Cunqueiro sabía que Mondoñedo y sus alrededores contenían todo el mundo que necesitaba para escribir. Tenía razón.
La casa natal de Cunqueiro en Mondoñedo, la estatua que lo representa en la plaza, el premio literario que lleva su nombre y el museo dedicado a su figura son el reconocimiento tardío que los escritores suelen recibir de sus ciudades después de muertos con la generosidad que no siempre tuvieron en vida. Mondoñedo lo recuerda con el orgullo específico de las ciudades pequeñas que han dado al mundo algo grande y lo saben.
La Mariña lucense: el norte que nadie visita
Mondoñedo está en el corazón de la Mariña lucense, la franja costera norte de la provincia de Lugo que va desde Ribadeo — en el límite con Asturias — hasta la Ría de Viveiro y más allá. Es una de las partes de Galicia menos conocidas por el turismo convencional y una de las más hermosas: una costa de acantilados y playas largas sin la masificación de las Rías Baixas, con pueblos pesqueros que no han sido transformados por el turismo de verano y una naturaleza de una intensidad atlántica que en la Costa da Morte tiene su versión dramática y aquí tiene una versión más verde, más suave, más de interior que no termina de perder el contacto con el mar.
La playa de las Catedrales — As Catedrais, en el municipio de Ribadeo — es el punto más conocido de esta costa y uno de los paisajes más fotografiados de Galicia: arcos y columnas de roca que el océano ha tallado en los acantilados durante millones de años, visibles solo con marea baja y con un aspecto que justifica completamente el nombre. Mondoñedo, a unos cuarenta kilómetros de la costa, es una base perfecta para explorar esta zona desde el interior con la tranquilidad de una ciudad que tiene todo lo que necesita y ninguno de los problemas de las ciudades que tienen demasiado.
Los dulces: las tartas de Mondoñedo
Ningún artículo sobre Mondoñedo estaría completo sin mencionar sus dulces. La ciudad tiene una tradición repostera de origen conventual — como tantas ciudades episcopales gallegas, donde los conventos de clausura producían dulces con la misma devoción que rezaban — que ha sobrevivido en algunas pastelerías del centro con recetas que llevan generaciones sin cambiar. La tarta de Mondoñedo — una elaboración de origen medieval con bizcocho, cabello de ángel, nueces y almendras, de sabor intenso y textura densa — es el producto más representativo de esa tradición y el souvenir gastronómico que los visitantes que conocen Mondoñedo llevan invariablemente de vuelta. Como casi todos los dulces conventuales gallegos, tiene esa capacidad de concentrar en un bocado más historia de la que el tamaño haría suponer.
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Mondoñedo es el tipo de ciudad que los viajeros que la descubren guardan para sí durante un tiempo antes de contársela a otros, con ese instinto de conservación que produce encontrar un lugar que todavía no ha sido procesado por el turismo masivo. Una catedral demasiado grande para la plaza, una plaza demasiado grande para el pueblo, un pueblo que produjo a uno de los grandes escritores del siglo XX y que todavía hornea las mismas tartas que los monjes inventaron hace siglos. En el norte de Galicia, con niebla en las montañas y silencio en las calles empedradas, eso es exactamente suficiente.