La ciudad más grande de Galicia nunca pidió permiso para serlo
Vigo no es la capital de Galicia. Tampoco es la ciudad más bonita, ni la más histórica, ni la que más aparece en las postales. Pero es la más grande, la más industrial, la más portuaria y, en muchos aspectos, la que mejor representa esa Galicia que trabaja con las manos y no pierde demasiado tiempo en explicarse. Vigo tiene trescientos mil habitantes, uno de los puertos pesqueros más activos del mundo, una fábrica de automóviles que produce miles de coches al día y una ría a sus pies que Jules Verne consideró digna de aparecer en sus novelas. No está mal para una ciudad que el resto de España a veces olvida mencionar.
La ciudad se extiende por las laderas del monte O Castro sobre la orilla norte de la ría que lleva su nombre, mirando hacia el sur con esa actitud levemente desafiante de los puertos que han visto demasiado mundo como para impresionarse fácilmente. El granito está por todas partes — en los muros del casco antiguo, en los adoquines de las calles, en los soportales donde la gente se refugia de la lluvia con la resignación práctica de quien sabe que esperar a que escampe en Vigo es una estrategia de vida, no un plan para esta tarde.
El puerto que lo explica todo
Para entender Vigo hay que empezar por el puerto. No el puerto deportivo con sus veleros de recreo, sino el puerto de trabajo: el de los grandes arrastreros que salen al Atlántico durante semanas y vuelven cargados, el de las lonjas donde cada madrugada se subasta el pescado con la rapidez y el volumen de una bolsa de valores en la que la cotización se mide en kilos de merluza. Vigo es el primer puerto pesquero de Europa por volumen de descarga. Una estadística que suena burocrática hasta que uno se acerca al muelle a las seis de la mañana y ve lo que significa en la práctica: el ruido, el olor, el movimiento, la escala de una industria que alimenta a media Europa sin que media Europa sepa muy bien de dónde viene el pescado.
El mismo puerto que trae el pescado exporta los coches. La factoría de Stellantis en Vigo — heredera de la histórica planta de Citroën, instalada aquí desde 1958 — es una de las mayores plantas de fabricación de automóviles de España y produce varios modelos que se venden en todo el mundo. Que en la misma ciudad convivan la pesca artesanal y la industria del automóvil, la ostrería de piedra y la cadena de montaje robotizada, dice mucho sobre el carácter de Vigo: una ciudad que nunca eligió entre la tradición y la modernidad porque nunca vio la necesidad de elegir.
La Pedra y las ostras
En el corazón del casco antiguo, en la Rúa da Pescadería, existe desde hace siglos uno de los mercados de calle más singulares de Galicia: la Pedra, conocida popularmente como el mercado de las ostras. Mujeres — siempre mujeres, las redeiras, las ostreiras — se instalan cada mañana en los soportales de granito con sus cestos, sus ostras y sus navajas, y las abren allí mismo, en el momento, con la habilidad de quien lo ha hecho miles de veces. El cliente se lleva la ostra abierta, le añade unas gotas de limón si quiere y la come de pie, sobre el adoquín, con el mismo protocolo de siempre. No hay carta, no hay reserva, no hay precio fijo que no se negocie con la vista. Es el mercado más antiguo de Galicia que sigue funcionando exactamente como siempre lo ha hecho.
"Una ostra abierta en la Pedra, con limón y en pie sobre el adoquín, es uno de los placeres más honestos que existe en esta parte del mundo."
Jules Verne y el tesoro de Rande
En 1702, en el estrecho paso de Rande que separa la ría de Vigo del interior, tuvo lugar uno de los episodios navales más dramáticos y más olvidados de la historia europea. Una flota franco-española que transportaba el tesoro de las Indias — plata, oro y mercancías de valor incalculable procedentes de las colonias americanas — fue atacada y destruida por una escuadra anglo-holandesa. Varios de los galeones se hundieron con su carga. El tesoro, según la leyenda, sigue en el fondo de la ría.
Jules Verne lo sabía. En Veinte mil leguas de viaje submarino, el capitán Nemo visita los restos de la batalla de Rande en el Nautilus y recoge del fondo lingotes de plata con los que financia sus aventuras. La ría de Vigo, en la imaginación de Verne, era literalmente el banco más rico del mundo. Que el tesoro nunca haya sido encontrado — a pesar de décadas de expediciones, dragados y estudios — no hace la historia menos buena. Quizás lo hace mejor.
El casco antiguo y el monte Castro
El Casco Vello de Vigo es compacto, manejable y genuinamente animado a cualquier hora. Las calles del Berbés, el barrio marinero histórico, conservan la escala y la textura de piedra de siempre, ahora habitadas por bares, restaurantes y tiendas que coexisten con una naturalidad que los procesos de gentrificación más agresivos suelen destruir. Subiendo por las calles empinadas del casco antiguo se llega al monte O Castro, donde un pequeño parque con restos de fortaleza ofrece las mejores vistas sobre la ría: la ciudad a los pies, las bateas en el agua, las Cíes al fondo cerrando la bocana como un telón de fondo que parece pintado.
Desde el monte Castro, en días claros, se ve todo. La ría entera. Las islas. El puente de Rande cruzando el estrecho donde se hundieron los galeones. Y más allá, el Atlántico abierto, sin fin, recordando por qué este sitio era ya importante mucho antes de que existieran los puertos y las fábricas y los mercados de ostras.
Las Islas Cíes: el paraíso con lista de espera
A doce kilómetros de la costa, cerrando la bocana de la ría como dos alas de granito, las Islas Cíes son la joya más conocida del Parque Nacional de las Islas Atlánticas. Tres islas — Monte Agudo, O Faro y San Martiño — unidas por dos tombólos de arena blanca que forman la Praia das Rodas, elegida repetidamente como una de las mejores playas del mundo por publicaciones que normalmente no ponen Europa en sus listas. Solo se puede llegar en barco desde Vigo, Baiona o Cangas. El número de visitantes diarios está limitado por decreto. En temporada alta, las plazas se agotan con semanas de antelación.
Las Cíes tienen colonias de gaviotas patiamarillas que anidan en los acantilados con una indiferencia olímpica ante los turistas, senderos que recorren el perímetro de las islas con vistas al Atlántico abierto, y esa combinación de agua transparente y arena blanca que en el Caribe se da por descontada y en Galicia resulta siempre levemente sorprendente. El secreto de las Cíes es que el agua fría — y en el Atlántico gallego, el agua es fría — no resta nada a la belleza. Solo añade autenticidad.
La ciudad que nunca pidió la capital
Vigo tiene una relación curiosa con su propio estatus. Es la ciudad más grande de Galicia, la que más contribuye al PIB regional, la que tiene el puerto más importante, la universidad con más alumnos, el club de fútbol más conocido internacionalmente — el Celta, con su camiseta celeste, que ha llegado a semifinales de la UEFA Copa —, y sin embargo la capital política de la comunidad autónoma es Santiago de Compostela, una ciudad cinco veces más pequeña. Esta anomalía, que en otras regiones habría generado un conflicto político crónico, en Galicia produce sobre todo una ironía tranquila. Los vigueses, en general, no necesitan ser capital. Ya son Vigo.
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Vigo no es una ciudad para visitar con prisas ni con expectativas demasiado refinadas. Es una ciudad para recorrer a pie, para comer en sus ostrerías, para subir al Castro al atardecer, para coger el barco a las Cíes una mañana de junio cuando aún no ha llegado el calor del verano. Es una ciudad que trabaja, que huele a mar y a gasoil y a mejillón cocido, que tiene un carácter propio tan marcado que resulta difícil confundirla con ningún otro sitio. En eso, al menos, no se parece a ninguna capital.