La ciudad que echó los coches, recuperó sus plazas y demostró que a veces la solución obvia es también la correcta
Pontevedra es, con cierta probabilidad, la ciudad de tamaño medio mejor conservada de Galicia. Con unos ochenta mil habitantes — modesta al lado de Vigo, que la triplica, y de A Coruña, que la dobla —, tiene sin embargo un casco histórico de una calidad y una coherencia que muchas capitales europeas envidiarían. Plazas de granito porticadas, iglesias medievales con fachadas platerescas, callejuelas sin coches donde la conversación se oye sin levantar la voz, un río que bordea el casco antiguo con la discreción de quien sabe que no necesita protagonismo para ser parte del paisaje. Pontevedra es una ciudad que parece diseñada para ser recorrida a pie. Y lo es, literalmente: desde finales de los años noventa, su centro histórico lleva prohibido el tráfico rodado con una radicalidad que entonces pareció una locura y que hoy le ha valido premios internacionales, visitas de urbanistas de medio mundo y el reconocimiento de que a veces las ideas más sencillas son las que mejor funcionan.
Una ciudad sin coches, una lección de urbanismo
En 1999, el alcalde de Pontevedra, Miguel Anxo Fernández Lores, tomó una decisión que en aquel momento muchos consideraron suicida: eliminar el tráfico del centro histórico. No reducirlo, no limitarlo a ciertas horas: eliminarlo. Aparcamientos subterráneos en la periferia, zona peatonal integral en el interior, carriles bici, transporte público reforzado. La reacción inicial fue la que suelen tener estas cosas: protestas de comerciantes convencidos de que la ciudad se vaciaría, predicciones de colapso económico, comparaciones poco amables con experimentos fallidos en otras ciudades.
Lo que ocurrió fue lo contrario. El comercio del centro creció. La contaminación bajó un setenta por ciento. Los accidentes de tráfico desaparecieron casi por completo — Pontevedra lleva más de una década sin un solo fallecido por atropello en el centro. Las plazas se llenaron de vida. Los niños empezaron a jugar en la calle otra vez. La ciudad recuperó una escala humana que el coche había ido robando durante décadas, y lo hizo sin grandes inversiones ni tecnología sofisticada: simplemente quitando los coches y dejando que el espacio volviera a ser de las personas.
"Pontevedra no inventó nada nuevo. Solo recuperó lo que siempre debería haber sido: una ciudad para quien vive en ella."
Hoy Pontevedra aparece en congresos de urbanismo de todo el mundo como caso de estudio. Ciudades de Europa, América y Asia envían delegaciones a estudiar el modelo. El alcalde Lores, que lleva gobernando la ciudad desde 1999 con la misma política, ha dado conferencias en las Naciones Unidas. Es uno de los ejemplos más citados en el debate global sobre movilidad urbana sostenible. Y todo empezó quitando los coches de unas cuantas calles de granito en una ciudad pequeña del noroeste de España.
El casco histórico
Recorrer el casco antiguo de Pontevedra sin coches es una experiencia que convierte el paseo en algo más cercano a la contemplación. Las plazas se suceden con generosidad: la Praza da Ferrería, con la Basílica de Santa María la Mayor al fondo y la capilla de la Peregrina — una ermita del siglo XVIII de planta oval con una fachada cóncava absolutamente singular — presidiendo uno de los lados; la Praza da Leña, más íntima, flanqueada por casas de piedra y soportales donde en verano se instalan las terrazas; la Praza das Cinco Rúas, donde convergen cinco callejuelas medievales como si la ciudad medieval hubiera organizado allí su nodo central.
La Basílica de Santa María la Mayor merece atención detenida. Construida en el siglo XVI por el gremio de mareantes — los pescadores y marineros de la ciudad, que financiaron su construcción con los beneficios de la pesca — tiene una fachada plateresca de una riqueza ornamental que contrasta con la sobriedad habitual del románico gallego. El interior, más austero, conserva la escala y la proporción de las grandes iglesias de su época. Que los pescadores de Pontevedra del siglo XVI tuvieran suficiente poder económico y suficiente orgullo colectivo para construir una iglesia de esta envergadura dice algo importante sobre la ciudad que eran en aquel tiempo.
Las ruinas de Santo Domingo
En el Jardín de la Alameda, bordeando el casco histórico con esa transición suave que tienen los jardines que llevan siglos en su sitio, se alzan las ruinas de la iglesia del convento de Santo Domingo. Construido en el siglo XIV y abandonado tras la desamortización del siglo XIX, el convento fue demolido parcialmente dejando en pie solo la cabecera de la iglesia: tres ábsides góticos que hoy albergan un pequeño museo arqueológico al aire libre con estelas funerarias, escudos nobiliarios y restos medievales integrados directamente en los muros. Las ruinas, cubiertas de musgo y rodeadas de árboles, tienen esa belleza melancólica y serena de los edificios que el tiempo ha transformado en algo distinto de lo que fueron, pero no necesariamente peor.
El Museo de Pontevedra
El Museo de Pontevedra es, sin discusión razonable, uno de los mejores museos de Galicia y uno de los más importantes del noroeste de España. Distribuido en varios edificios históricos del casco antiguo — los pazos de Castro Monteagudo y García Flórez, el edificio Sarmiento y la Ruinas de Santo Domingo — alberga colecciones que van desde la prehistoria hasta el siglo XX, con especial relevancia en pintura gallega, joyería castreña, arqueología local y una colección de arte que incluye obras de Zurbarán, Goya y pintores gallegos de primera fila como Castelao, cuya obra gráfica sobre la Guerra Civil es uno de los documentos visuales más impactantes que produjo ese período. Que todo esto esté en un museo provincial de una ciudad de ochenta mil habitantes dice mucho sobre la densidad cultural de Galicia cuando se la mira despacio.
Colón, el debate y la leyenda
Pontevedra alberga una de las teorías más persistentes y más controvertidas de la historia española: la que sostiene que Cristóbal Colón no era genovés sino gallego, nacido concretamente en Poio, una aldea a las afueras de la ciudad. La teoría, defendida con rigor académico por el historiador Celso García de la Riega a principios del siglo XX y rescatada periódicamente por investigadores gallegos, se basa en documentos notariales encontrados en Pontevedra con apellidos que coincidirían con los de la familia de Colón, y en ciertos indicios lingüísticos en la correspondencia del almirante que apuntarían a un origen gallego más que italiano.
La tesis no es aceptada por la historiografía mayoritaria, que sigue considerando el origen genovés como el más probable. Pero en Pontevedra el debate se toma con la seriedad y el orgullo que merece una posibilidad que, si fuera cierta, cambiaría el relato de uno de los hechos más importantes de la historia universal. El Museo de Pontevedra dedica una sala entera a la cuestión. La estatua de Colón, en el jardín de la Alameda, mira hacia el oeste — hacia América — con una expresión que no revela nada sobre su lugar de nacimiento.
El Lérez y la ría
El río Lérez atraviesa Pontevedra bordeando el casco histórico por el sur antes de desembocar en la ría que lleva el nombre de la ciudad. El paseo fluvial que lo acompaña — con el puente medieval del Burgo cruzando el río con sus cinco arcos de granito como siempre lo ha hecho — es uno de esos espacios urbanos que combinan historia y cotidianidad con una naturalidad que solo se consigue con siglos de práctica. La ría de Pontevedra, más recogida que la de Arousa y con una costa sur menos urbanizada, tiene en Sanxenxo y Portonovo sus puntos de mayor afluencia veraniega, pero guarda también rincones de costa menos frecuentada donde el pino y el granito y el mar se combinan sin testigos.
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Pontevedra es la ciudad gallega que más sorprende a quien llega sin expectativas previas. No tiene la escala de Vigo ni la fama de Santiago ni el faro romano de A Coruña. Tiene algo distinto: una calidad de vida urbana construida con decisiones concretas y valientes, un casco histórico que no se ha dejado degradar ni convertir en decorado turístico, y esa combinación de tamaño humano y densidad cultural que hace que pasear por ella a cualquier hora del día sea un placer sin esfuerzo. Los coches están fuera. La ciudad, dentro.