Mil doscientos años de peregrinos, blisters, búsquedas y una concha de vieira que señala siempre hacia el oeste
No existe en el mundo occidental una ruta de peregrinación más antigua en uso continuado, más extensa en su red, más diversa en sus usuarios ni más difícil de definir en una sola frase que el Camino de Santiago. Han pasado por él reyes y mendigos, santos y escépticos, caballeros medievales con armadura y ejecutivos contemporáneos con bastones de trekking de carbono. Todos buscando algo. Casi ninguno exactamente lo mismo. Y todos llegando, si seguían lo suficiente, al mismo sitio: la Plaza del Obradoiro, la fachada barroca de la catedral, el lugar donde según la tradición cristiana descansan los restos del apóstol Santiago el Mayor. El punto donde Europa, durante siglos, puso su horizonte.
El Camino no es una ruta. Es una red. Desde la Edad Media, los peregrinos llegaban a Santiago desde todos los rincones del continente por itinerarios distintos que la devoción, el comercio y la necesidad de protección fueron consolidando en caminos reconocidos, con hospitales, monasterios, puentes y señales. Hoy esa red tiene más de doce rutas oficiales que suman miles de kilómetros, y cada año las recorren más de cuatrocientas mil personas que reciben en la catedral la Compostela — el certificado en latín que acredita la peregrinación — después de haber caminado al menos los últimos cien kilómetros a pie o doscientos en bicicleta.
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780 km
Camino Francés
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países de origen
El origen: un hueso, una estrella y un obispo
La historia del Camino empieza con un descubrimiento que la fe convirtió en fundamento y la política en herramienta. En torno al año 830, el ermitaño Pelayo comunicó al obispo Teodomiro de Iria Flavia que unas luces extrañas señalaban un lugar en el bosque de Libredón. Teodomiro investigó, encontró una tumba, y declaró que los restos que contenía eran los del apóstol Santiago el Mayor, discípulo de Cristo, decapitado en Jerusalén en el año 44. Cómo llegaron esos restos desde Jerusalén a Galicia es la parte donde la historia cede el paso a la leyenda: una barca de piedra, guiada por ángeles, por el Mediterráneo, el estrecho de Gibraltar, el Atlántico y la ría de Arousa hasta la desembocadura del Ulla.
El rey Alfonso II mandó construir una iglesia sobre la tumba. Su sucesor Alfonso III la amplió. Y en el siglo XI, el obispo Diego Gelmírez y el rey Alfonso VI iniciaron la construcción de la catedral románica que, con sucesivas ampliaciones y modificaciones, sigue presidiendo hoy la Plaza del Obradoiro. La tumba que generó todo esto — verificada por análisis óseos en el siglo XX como restos humanos de la época romana — sigue en la cripta, debajo del altar mayor, exactamente donde Teodomiro dijo que estaba.
La Edad Media: cuando Europa caminó
Entre los siglos XI y XIV, el Camino de Santiago fue el eje de una de las mayores movilizaciones humanas pacíficas de la historia medieval. Cientos de miles de personas al año cruzaban Europa a pie hacia el noroeste, siguiendo las rutas que la Iglesia, las órdenes militares y las instituciones civiles habían organizado con una logística que hoy llamaríamos infraestructura turística: hospitales de peregrinos, puentes sobre los ríos, hostales, monasterios que ofrecían alojamiento y comida. El Camino Francés — la ruta que entraba por Roncesvalles desde los Pirineos y atravesaba Burgos, León y Lugo antes de cruzar el Monte do Gozo y descender a Santiago — era la autopista principal de esa Europa en movimiento.
Las ciudades que crecieron a lo largo del Camino — Pamplona, Logroño, Burgos, León, Ponferrada, Sarria — deben en parte su desarrollo histórico al flujo constante de peregrinos que necesitaban comer, dormir, rezar y comprar. El arte románico que jalonaba la ruta — las iglesias, los tímpanos esculpidos, los claustros — fue en parte un lenguaje visual diseñado para comunicarse con peregrinos que llegaban de todas partes y no necesariamente compartían idioma. El Pórtico de la Gloria del Maestro Mateo en la catedral de Santiago es la obra maestra de ese lenguaje: una catequesis en piedra que cualquier peregrino, fuera de donde fuera, podía leer con los ojos.
"El Camino no tiene un solo origen ni un solo destino. Empieza donde uno decide que empieza, y termina donde uno necesita que termine."
Las rutas principales
Camino Francés
780 km · desde Saint-Jean-Pied-de-Port
El más transitado, el más señalizado, el más internacional. Cruza dos comunidades autónomas y reúne a peregrinos de cien países en los mismos albergues. La experiencia social más intensa del Camino.
Camino Portugués
610 km · desde Lisboa · 280 km desde Porto
El de mayor crecimiento en la última década. La variante costera, que sigue el litoral atlántico desde Porto hasta A Guarda y remonta la ría de Vigo, es hoy una de las más apreciadas por paisaje y clima.
Camino del Norte
830 km · desde Irún
Por la costa cantábrica. Más exigente, menos masificado, con paisajes de acantilado que no tienen equivalente en el Francés. El preferido de quienes buscan el Camino antes de que el Camino los busque a ellos.
Camino Primitivo
320 km · desde Oviedo
El más antiguo históricamente — fue el que hizo el rey Alfonso II en el siglo IX. Atraviesa la montaña asturiana y gallega con dureza y recompensas a partes iguales. El Camino de los puristas.
Camino Inglés
120 km · desde Ferrol o A Coruña
La ruta de los peregrinos que llegaban por mar desde las Islas Británicas y el norte de Europa y desembarcaban en los puertos gallegos. Corto, asequible, completamente gallego.
Camino por el Mar
desde la Ría de Arousa y el río Ulla
La ruta legendaria por la que llegó el cuerpo del apóstol. Combina tramo en barco por la ría de Arousa con caminata por el valle del Ulla. El más singular y el menos conocido.
El renacimiento: Paulo Coelho y el efecto Camino
A finales del siglo XX, el Camino de Santiago vivió un renacimiento que nadie había planificado del todo. La recuperación de las rutas iniciada por el gobierno gallego y la Iglesia en los años ochenta coincidió con la publicación en 1987 de O Diário de um Mago — en español El Peregrino de Compostela — de Paulo Coelho, que convirtió su propia experiencia en el Camino Francés en un fenómeno editorial de alcance mundial. El libro vendió millones de ejemplares en decenas de idiomas y llevó al Camino a una generación que no tenía ninguna vinculación religiosa particular con la peregrinación pero que encontró en él algo que necesitaba: una estructura, una dirección, un tiempo fuera.
El Año Santo de 1993 registró un salto histórico en el número de peregrinos. La declaración del Camino Francés como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1993 y como Primer Itinerario Cultural Europeo por el Consejo de Europa lo consolidaron institucionalmente. Y desde entonces el crecimiento no ha parado. En los años santos — cuando el 25 de julio, festividad de Santiago, cae en domingo — el número de peregrinos se dispara. El Año Santo de 2021, pospuesto de 2020 por la pandemia, registró cifras récord a pesar de las restricciones. El de 2027 ya acumula reservas.
Quién camina y por qué
Las estadísticas de la catedral de Santiago sobre los peregrinos que reciben la Compostela son un retrato sociológico fascinante que se actualiza cada año. En 2023, el 44% declaró motivaciones religiosas o espirituales como razón principal. El 46% citó motivaciones mixtas entre lo religioso y lo cultural. Menos del 10% declaró motivaciones puramente culturales o deportivas. Lo que esto dice es que el Camino sigue siendo, en su mayoría, una experiencia que la gente relaciona con algo que va más allá del ejercicio físico — aunque exactamente qué es ese algo varía tanto como las personas que caminan.
Los países de origen de los peregrinos son más de ciento sesenta. España sigue siendo el principal, seguida de Alemania, Italia, Portugal y Estados Unidos. Pero hay peregrinos de Corea del Sur, de Brasil, de Australia, de Japón. La concha de vieira — el símbolo del Camino desde la Edad Media, que los peregrinos medievales recogían en las playas de la ría y llevaban de vuelta como prueba del viaje — se ve hoy colgada de mochilas de todos los colores en todos los aeropuertos de Europa.
La última etapa: el tramo gallego
Para quien llega a Galicia desde el este por el Camino Francés, la entrada en la comunidad autónoma se produce en O Cebreiro, un pequeño pueblo de montaña a más de mil metros de altitud donde la niebla es habitante permanente y las casas de palloza — construcciones circulares de piedra y paja de origen celta — reciben al peregrino con la bienvenida más gallega posible: lluvia, verde intenso y la sensación de haber cruzado una frontera que no es solo administrativa.
Desde O Cebreiro, el Camino desciende durante varios días por el interior de Galicia — Triacastela, Sarria, Portomarín, Palas de Rei, Melide, Arzúa — antes de alcanzar el Monte do Gozo, la colina desde la que los peregrinos medievales veían por primera vez las torres de la catedral y caían de rodillas. Hoy el Monte do Gozo tiene un complejo de albergues que parece un campamento de verano y las torres se ven entre edificios modernos, pero la emoción de quien llega después de semanas caminando no parece haber disminuido con los siglos. El último kilómetro, por las calles del casco histórico de Santiago, tiene esa intensidad específica de los finales que se han ganado paso a paso.
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El Camino de Santiago es, en el fondo, una idea extraordinariamente simple: caminar en una dirección con la intención de llegar a algún sitio. Que esa idea haya movilizado a decenas de millones de personas durante doce siglos, que haya generado arte, arquitectura, literatura, música y una infraestructura que hoy vale miles de millones de euros en turismo, que siga siendo relevante en un mundo con aviones y autopistas y GPS — todo eso dice algo sobre una necesidad humana que la modernidad no ha resuelto y que los ochocientos kilómetros del Camino Francés tampoco resuelven exactamente, pero con la que al menos permiten caminar un rato en la misma dirección. Y a veces eso es suficiente.