Una ciudad que huele a vino, a piedra mojada y a siglos bien llevados
Hay ciudades que se presentan con monumentos. Cambados se presenta con una copa. No como metáfora, sino literalmente: antes de que el viajero haya encontrado aparcamiento, ya lleva varios carteles, bodegas y escaparates recordándole que está en la capital mundial del Albariño. Es una declaración de intenciones tan rotunda como honesta. Cambados sabe lo que tiene, sabe lo que vale, y no piensa disimularlo.
Situada en el margen oeste de la ría de Arousa, a escasos kilómetros de O Grove, Cambados es hoy una de las villas con mayor densidad de patrimonio histórico de toda Galicia. Conjunto histórico-artístico desde 1943, su casco antiguo acumula pazos, cruceiros, iglesias y plazas con esa indiferencia elegante que tienen los sitios que llevan siglos siendo hermosos y ya no se sorprenden de serlo.
Tres pueblos, una ciudad
Lo que hoy llamamos Cambados es en realidad la fusión de tres antiguos núcleos: Cambados, Fefiñáns y Santo Tomé del Mar. Cada uno aportó algo al carácter del conjunto. De Fefiñáns vino el poder señorial: el imponente Pazo de Fefiñáns, construido en el siglo XVI y reformado en el XVII, domina la plaza que lleva su nombre con esa autoridad serena de quien no necesita alzar la voz. La plaza, porticada en dos de sus lados, con la iglesia cerrando el tercero y el pazo presidiendo el cuarto, es uno de los espacios urbanos más logrados de Galicia. Sentarse en ella a media mañana, con el sol entrando oblicuo entre los soportales, es una de esas experiencias que no se olvidan aunque uno no sepa muy bien por qué.
"La plaza de Fefiñáns es el tipo de lugar que hace que la gente se quede más tiempo del que tenía planeado."
Las ruinas que no son una ruina
A pocos pasos de la plaza, en el barrio de Santo Tomé, se alzan los muros desnudos de la iglesia de Santa Mariña Dozo. Construida en el siglo XV y abandonada tras un incendio en el XVIII, la iglesia lleva más de doscientos años sin techo y sin embargo no parece derrotada. Sus arcos góticos enmarcan el cielo como si hubieran sido diseñados para eso. El suelo del interior es hoy un cementerio —el más fotogénico de Galicia, según muchos— donde las lápidas conviven con la hierba y la piedra con la lluvia. En agosto, durante la Fiesta del Albariño, este espacio se convierte en el escenario de una de las celebraciones más singulares de la región: miles de personas bebiendo vino blanco entre sepulturas medievales bajo las estrellas. Galicia, en su versión más ella misma.
El Albariño, protagonista indiscutible
No se puede hablar de Cambados sin hablar del Albariño, aunque ya todo el mundo lo hace y uno querría encontrar un ángulo original. Pero es que no hay escapatoria: el vino lo impregna todo. La uva Albariño, cultivada en los viñedos de la Denominación de Origen Rías Baixas desde el siglo XII —según algunos documentos, traída por monjes del Camino de Santiago—, produce aquí sus expresiones más características: ese blanco atlántico, de acidez viva, notas de melocotón y pomelo, y ese amargor final que invita a otra copa antes de que la primera haya terminado.
La Fiesta del Albariño, celebrada cada año en agosto desde 1953, convierte Cambados en epicentro del vino gallego durante varios días. Bodegas, catas, conciertos y una romería que mezcla lo pagano con lo festivo con la naturalidad que solo tienen las tradiciones muy antiguas. Si uno visita Cambados en agosto sin saber de esta fiesta, se encontrará con una ciudad transformada. Si uno la visita sabiéndolo, lo mejor es venir con tiempo y sin planes inamovibles.
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Cambados tiene también su lado marino: el marisqueo, los percebes, las nécoras y los mejillones de la ría forman parte de una mesa que el Albariño completa con la precisión de un maridaje pensado durante siglos. Entre el pazo y el puerto, entre la piedra medieval y la viña, Cambados ha construido una identidad tan sólida como sus muros y tan ligera como el vino que la representa. Una visita raramente deja indiferente. Y casi siempre deja con ganas de repetir —preferiblemente con el estómago vacío y la tarde libre.