Del burro olvidado al gran hotel: historia de un lugar que siempre supo lo que valía
Hay islas que existen para ser conquistadas. Otras, para ser olvidadas. A Toxa pertenece a una categoría más rara: las que se descubren por accidente. Según cuenta la leyenda —ese género literario en el que Galicia no tiene rival—, un aldeano dejó morir a su burro enfermo en aquella pequeña isla de la ría de Arousa, incapaz de costear su cuidado. Días después, el animal apareció sano, gordo y con la piel reluciente. El hombre, intrigado, encontró al burro revuelcándose en los charcos de barro que dejaban las mareas sobre la roca. Las aguas termales habían hecho su trabajo. El burro no lo sabía. Pero Galicia, sí.
"El burro volvió sano. Y con él, llegó todo lo demás."
La historia real no es muy distinta de la leyenda. A finales del siglo XIX, las propiedades mineromedicinales de las aguas de A Toxa comenzaron a despertar el interés de médicos y empresarios. En 1903, la Sociedad de Aguas de La Toja adquirió los terrenos con una visión clara: convertir aquella masa de tierra de apenas un kilómetro cuadrado en un destino de salud y distinción. Cuatro años después, en 1907, abría sus puertas el Gran Hotel La Toja, una joya del modernismo gallego que aún hoy sigue en pie —y en uso— con la majestuosidad levemente cansada de quien ha visto demasiadas cosas como para impresionarse.
El agua que lo cura todo (o casi)
Las aguas de A Toxa son ricas en cloro, sodio, yodo y bromo. En la jerga balnearia de principios del siglo XX, eso equivalía a prometer la cura de la artritis, el reumatismo, los problemas de piel y media docena de males que la medicina moderna clasificaría con más matices. Pero la eficacia, fuera real o sugerida, hizo el resto: la isla se convirtió en destino favorito de la burguesía gallega y española, que llegaba en barco —el puente no existiría hasta décadas después— cargada de sombreros y enfermedades de ópera.
De aquel primer auge nació también la que quizás sea la exportación más peculiar de la isla: el jabón de La Toja. Fabricado con las sales del manantial, el jabón se convirtió en producto de culto mucho antes de que el marketing supiera que existía. Hoy su envoltorio dorado se vende en toda España con la misma confianza de siempre, aunque pocos compradores sepan que detrás hay una isla, un hotel centenario y, en el origen de todo, un burro con suerte.
La capilla de las conchas
Pero A Toxa no es solo aguas y talasoterapia. En el extremo más fotogénico de la isla se alza la Capilla de San Caralampio, una pequeña ermita construida a finales del siglo XIX cuya fachada exterior está completamente revestida de vieiras. Miles de conchas de peregrino cubren los muros como un mosaico orgánico, creando uno de los espectáculos visuales más extraños y hermosos de toda Galicia. El origen del revestimiento no está del todo claro —unas fuentes apuntan a una tradición devota, otras a que simplemente quedaba bien— pero el resultado es incuestionable: la capilla parece sacada de un sueño marinero.
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El puente que une A Toxa con O Grove, inaugurado en 1961, democratizó el acceso a la isla y con él llegaron también los pinos, los paseos, los campos de golf y el turismo que hoy la llena de vida en verano. La elegancia algo anacrónica del Gran Hotel convive con bañistas, ciclistas y visitantes que vienen a ver la capilla o simplemente a respirar esa mezcla de salitre, pino y tiempo detenido que tiene la ría en las mañanas de octubre.
A Toxa no es grande. No es ruidosa. No necesita serlo. Hace más de un siglo que un burro decidió que aquel sitio merecía la pena quedarse. El burro, como tantas veces en Galicia, tenía razón.